Literatura de alto vuelo

La sesión de ayer se nos pasó volando. Llegamos a la Sala de Fondo Local tras los avisos pertinentes de la megafonía, ocupamos nuestros asientos, nos abrochamos el cinturón y, tras atender a las explicaciones de seguridad, iniciamos el despegue.
Sobrevolamos el especial de la revista Litoral titulado "El arte de volar", con textos que van desde el anhelo de volar hasta la consumación de ese deseo en diferentes tipos de artefactos voladores como el aeroplano, el zepelín, el globo dirigible, el helicóptero o los aviones de vuelos comerciales.




Con un megáfono en mano leímos el poema de Luis García Montero "Life vest under your seat" donde se mezcla un monólogo interior con las explicaciones del comandante procedentes de la cabina del avión:

Señores pasajeros buenas tardes
y Nueva York al fondo todavía,
delicadas las torres de Manhattan
con la luz sumergida en una muchacha triste,
buenas tardes señores pasajeros,
mantendremos en vuelo doce mil pies de altura,
altos como su cuerpo en el pasillo
de la Universidad, una pregunta,
podría repetirme el título del libro,
cumpliendo normas internacionales,
las cuatro ventanillas de emergencia,
pero habrá que cenar, tal vez alguna copa,
casi vivir sin vínculo y sin límites,
modos de ver la noche y estar en los cristales
del alba, regresando,
y muchas otras noches regresando
bajo edificios de temblor acuático,
a una velocidad de novecientos
kilómetros, te dije
que nunca resistí las despedidas,
al aeropuerto no,
prefiero tu recuerdo por mi casa,
apoyado en el piano del Bar Andalucía,
bajo el cielo violeta
de los amaneceres de Manhattan,
igual que dos desnudos en penumbra
con Nueva York al fondo, todavía
al aeropuerto no,
rogamos hagan uso
del cinturón, no fumen
hasta que despeguemos,
cuiden que estén derechos los respaldos,
me tienes que llamar, de sus asientos.

Para volar es necesario armarse de paciencia. Las huelgas, los retrasos en las salidas y llegadas de los vuelos o las escalas en otros aeropuertos ponen a prueba nuestra resistencia y nuestra capacidad de aguante. Pero hay quien vive esos momentos de forma relajada y aprovecha muy bien esas esperas. Prueba de ello es el texto "Carrusel aéreo" de José María Merino:

¿De modo que también han retrasado su vuelo? Pues entonces tenemos tiempo de sobra. Ya le dije que yo he sufrido muchas de estas huelgas. Había pasado varias cuando en una de ellas, esperando la oportunidad de la salida en el aeropuerto de Pamplona, conocí a Judith, una barcelonesa que trabaja en asuntos parecidos a los míos. Nos caímos bien y fuimos intimando, nos hicimos lo que se pudiera llamar novios, y el puente aéreo nos unía los fines de semana. Después de un tiempo, cuando parecía claro que estábamos hechos el uno para el otro, una de estas huelgas retrasó nuestra cita durante más de un día. Tuve que pasar demasiadas horas solo en el aeropuerto, pero allí estaba Milagros, una malagueña profesora de francés. Simpatizamos, y conocerla me hizo reflexionar sobre mi proyectado matrimonio con Judith. Después del verano, ya salía con Milagros. También nos veíamos sólo de vez en cuando, pero esos amores tienen
siempre mucho incentivo para vivirlos. La cosa había cuajado entre nosotros, y yo preparaba mi viaje para conocer a su familia, cuando otra huelga me retuvo en Barajas. Entonces conocí a Alma, una jovencísima bióloga sueca. ¿Y usted ha oído hablar del flechazo? Fue eso, exactamente. Me encontraba con Alma mucho menos de los que lo había hecho con las otras, pero lo nuestro sí que era pasión, sobre todo en vacaciones. Precisamente unas vacaciones interrumpió mi encuentro con Alma una de esta dichosas huelgas, y ella debió de conocer a alguien más interesante que yo mientras esperaba, el caso es que cuando nos vimos me dijo que lo nuestro quedaba cancelado. Estuve sin novia una temporada, pero otra huelga me hizo pasar unas cuantas horas en el bar con una gallega de
nombre Margarita. Mi corazón se enamoró otra vez, qué quiere que le diga, y mi viaje de hoy es para buscar piso, porque estoy pensando trasladarme a Pontevedra y casarme con ella. Antes era los dioses, hoy son esos pilotos. Cambia la cara, pero siguen siendo las manos del destino. Menos mal que la espera se hace muy agradable, y hasta se agradece, cuando uno tiene la suerte de conocer a una mujer tan guapa y tan simpática como usted.

En un vuelo es fundamental que la tripulación de cabina sepa acompañar a los viajeros. De ahí la importancia de las azafatas y los auxiliares de vuelo. José Antonio Mesa Toré lo sabe, de ahí que regale sus mejores palabras a las "Tripulantes de cabina" como a la que aparece en la imagen de Geoge Petty "TWA Stratoliner Hostess":




Ángel mío, sonriente, de uniforme,
con ojos celestiales sobrevuelas
un mundo que te sabes de memoria.
Repasas las aristas: son fronteras
invisibles sus soles y sus lunas.
Bajo tus alas brillan los océanos
como si fuesen tímidas piscinas,
emergen cordilleras diminutas
bajo tus alas. Ríos, y desiertos,
y ciudades anónimas
que allá en el fondo sin remedio mueren,
viven bajo tus alas.
Cuánto vértigo, ángel mío, el mundo
visto así por tus ojos.
Imagino los viajes estelares,
las noches en hoteles de una sola
noche, si bien no sórdidos, sí frías,
y en el cielo que el atlas no contempla
presumo los destinos más infieles.
Toda la vida en vela,
con los pies en la tierra y en las nubes
el corazón ansioso de que vuelvas,
ángel mío, sonriente, de uniforme,
para tocar el cielo con tus alas,
para vivir el mundo por tu boca.

Dejamos aquí un par de vídeos, muy instructivos, donde se nos insiste en la importancia de atender a las cuestiones de seguridad del avión. Conscientes de lo difícil que es captar la atención de los viajeros en ese momento hay quien acude al humor para hacer más llevaderas las explicaciones. O si no vean las dotes escénicas de este auxiliar de vuelo:





Pero también el mensaje puede ser muy diferente al que nos encontramos en cualquier explicación normal. Y si no vean qué manera de ganarse al auditorio del avión con unas instrucciones de andar por casa:




El vuelo es para muchos celebración pero quizá lo sea más el aterrizaje. Hay quien, independientemente de su credo, se sirve de alguna oración litúrgica o laica para agradecer que ese inmenso pájaro se poso en tierra y todos llegamos a nuestro destino.
Andrés Neuman siempre viaja con la "Plegaria del que aterriza" que él mismo escribió:

Cielo, yo que no creo que en ti floten mensajes
y que leo en el alma (y digo alma)
cómo nada más alto nos protege
que el placer, la conciencia y la alegría,
yo te prometo, cielo, si aterrizamos sanos
que guardaré este miedo que hace temblar mi pulso
mientras escribo en manos de la furia del aire.
Lo guardaré, si llego, no para fabular
razones superiores ni para desafiarlas
sino por recordarte siempre, cielo,
liso, llano y azul como ahora te alcanzo,
hermoso, intrascendente, un simple gas que agita
la luz y me conmueve
como sólo un viajero transitorio,
como sólo un mortal puede saberlo.


Propuesta de escritura

Pon a volar tu imaginación y escribe un texto sobre alguna particularidad de los aviones o sobre un viaje digno de ser recordado y escrito.
También puedes escribir un texto sobre el hecho de volar o sobre los auxiliares de vuelo (o aeromozas, como dicen en México).
O puedes, por último, dar forma al texto iniciado en el taller en dos partes: un ejercicio de escritura automática donde reflejar los momentos previos al despegue frutos del nerviosismo, del miedo o del deseo de saberse volando y otro ejercicio en el que contamos la experiencia del viaje y en la que era imprescindible incluir por este orden las palabras "turbulencia", "beso", "cinturón", "grito" y "pasillo" antes de propiciar el cierre y el aterrizaje de la tarea.


Y estos son algunos de los trabajos recibidos hasta ahora:


Estar en el cielo

Para mí estar en el cielo es estar con Marigel, qué coño el montar en avión. Ni porque este sea un B-747. Además, que muy seguro muy seguro te dicen, pero a ver por qué te cuentan lo del chaleco ese que por si las moscas, aunque ellos dicen la descompresión; y el respaldo de los asientos en posición vertical; y abrocharse el cinturón, ¿es que se va chocar el chisme este con algo, y dónde están los air bag?; y que atentos a las puertas de emergencia, ¿qué emergencia? Y el “life vest under your seat”, que te lo ponen en inglés para que te asustes menos. No sé, como no despeguemos pronto...

Ya estamos volando, llevamos lo menos dos horas. A 30.000 pies dice el tío de la megafonía; esas cosas se las tenían que callar porque te pones a imaginar y si nos caemos, pues peor. Yo sigo con lo mío, lo de estar en el cielo de verdad es con Marigel. Menudas turbulencias hemos pasado, se acongoja uno, se le ponen tal que así los congojos. Terminan de decir que ya podemos quitarnos el cinturón; lo que yo necesito de verdad es que me dé un beso la azafata esa tan maja, ya que no está Marigel. Muy bien la azafata, oye, se vino toda sonriente y que quién había dado ese grito, que no pasaba nada; era cuando lo de las turbulencias, no sé si me explico; yo me hice el dormido. Luego entreabrí los ojos y una maravilla cómo se movía la moza el pasillo adelante mirando a un lado y a otro, esa falda tan estrecha.

Bueno, hemos aterrizado. Hubo un momento que yo me puse en lo peor, porque otra vez los respaldos, y los cinturones, y... que íbamos a tomar tierra, dijeron por megafonía de nuevo. Si yo no quiero pegarme de morros con la tierra —protesté—, yo lo que quiero es que el cacharro este se eche a rodar cuando llegue al suelo de cemento; un suponer como cuando el despegue. Pero bueno, bien, es que yo no lo había entendido, me lo aclaró la azafata. Ahora ya solo falta que abran las puertas y podamos salir de una puñetera vez. A mí que me dejen en paz de gaitas, para estar en el cielo, ya digo, Marigel. Que, por cierto, le tengo que decir que para lo del viaje de novios mejor un crucerito, que te vas en el AVE hasta Barcelona y luego ya todo es por el agua.

Pascual Martín
Grupo B


No era miedo, era otra cosa

Reconozco que nunca he montado en avión. Tampoco he tenido necesidad, conducir me encanta y cuando he realizado un viaje largo siempre cogía un tren de alta velocidad.
Pero el destino todo lo cambia. Un hijo encuentra trabajo en Alemania, y de momento me he librado de ir a verlo, él viene a menudo y a mi mujer y a mi hija les encanta coger el avión y pasar 10 o 15 días en su apartamento, recorrer las ciudades cercanas y hacer turismo en su compañía.
Los tres me han ido mentalizando de las ventajas del avión, rapidez, seguridad, precio, y al final en el próximo viaje decidí ir con ellos.
La noche anterior al vuelo, no me dormía, me imaginaba ya sentado en el avión, nada más despegar empezaban las turbulencias, di un beso a mi mujer por si era el último, me apreté el cinturón más de la cuenta, apenas respiraba, y por si fuera poco una mujer pegó un grito cuando me empezaba a quedar traspuesto, me levante aturdido y miré al pasillo por si yo era el último en salir corriendo.
Era un sueño, el reloj de la mesilla marcaba las 3 de la mañana, me levante asustado, corrí al cajón del cuarto de estar e hice añicos mi billete, acto seguido en el mapa marque la ruta más directa para ir en coche. Al amanecer lleve a mi mujer y a mi hija al aeropuerto, cuando las vi despegar inicié el viaje en coche, sabía que llegaría un día más tarde que ellas, pero iba mentalizado que lo había hecho por motivos de seguridad.

Luis Iglesias
Grupo B


La ilusión de volar

Con mi maleta de piel
me acerco para volar,
busco el destino en pantalla
de Madrid a Gibraltar.

Me siento en una butaca
con mi amiga Rosa Mar,
le pido la ventanilla
para poder visionar.

Siento el ruido del despegue,
ya pronto se va a elevar.
Ajusto mi cinturón,
por lo que pueda pasar.

Me acerco a la ventanilla,
las nubes puedo mirar;
su imagen es muy cercana,
el cielo van a tocar.

El avión se estabiliza.
Escribo para anotar
lo que observo en las personas
que se mueven sin parar.

Ofrecen ricas bebidas,
por si queremos tomar,
simpáticos azafatos
que te invitan a soñar.

Anuncian que ya aterriza,
pronto deja de volar;
sus alas se tambalean
hasta que llega a posar.

Nos dirigimos con ganas
al aeropuerto y tomar
unos pinchos de pescado
que acaban de rebozar.

Nos vamos a la ciudad,
deseosas de encontrar
el hotel donde alojarnos
y allí poder descansar.

Sofía Montero García
Grupo B


Volar

Al fin empieza a rodar por la pista, al fin puedo imitar a la cigüeña en su despegue. Poco a poco, eleva sus patas, las alas abrazan el espacio. Quedan atrás tantas cosas, aumenta la dosis de libertad, flotando en un mar aéreo, la mente vuela, vuela.

Avisan que puedo quitarme el cinturón. Me acomodo en mi ventana para poder utilizar el enorme zoom con el que cacharrearé durante el trayecto. Anuncian turbulencias, la imagen de la ciudad que dejaré por unos días se distorsiona. Doy un beso a mi pareja del alma, por dejarme una vez más - y ya son muchas- la ventana.

Pasados cinco minutos, asoman majestuosas las cumbres nevadas de la montaña, me gustaría tocarlas con los dedos, parecen polos de hielo gigantes. Un grito interior de alegría recorre mi cuerpo. Floto en el espacio, entre las nubes que van haciendo un pasillo que me lleva hacia mi destino: VOLAR

Antonio Castaño Moreno
Grupo A


En el aire

La anciana miró reprobatoriamente a la azafata. Era la tercera vez que, con cualquier pretexto, venía a ofrecer alguna cosa a su vecino de asiento, aquel señor de mediana edad tan amable y elegante. El colmo era que la azafata se inclinaba siempre más de lo necesario, y con la ayuda de un botón estratégicamente desabrochado, dejaba ver el inicio de unos pechos generosos y maternales.

Aquel señor amable y elegante se levantó y se dirigió al servicio. Detrás de la cortina, la azafata le indicó el baño que estaba libre. Como si perdiera el equilibrio por una pequeña turbulencia se inclinó sobre el hombre y se apoyó en su mano. La puerta se abrió, y entraron en el lavabo. Hicieron el amor y acabaron besándose como dos adolescentes que, torpemente, ni quieren ni saben muy bien cómo desenredarse.

Se recompusieron y arreglaron la ropa. Ella se dispuso a salir. La próxima vez, le dijo al hombre, cambiamos los papeles, que me apetece hacerme un poco la estrecha. Sí cariño, dijo él. Oye, esta tarde vas a recoger a los niños, ¿vale?, que ya sabes que tu madre no me puede ver. Vas tú, dijo ella, y no me empieces a tocar los cojones.

Ignacio Aparicio Pérez-Lucas
Grupo A


Último aviso

Asiento en posición vertical. Pienso en ti. Apenas si acabamos de despegar. Nunca me dolió tanto llegar a mi destino. Pereza. Hasta mover las piernas me resulta cansado. Te imagino, tanto tiempo sin verte, turbulencia, con tu andar pesado, tu pipa, tus muletas... Un beso te daría en este instante. Ese, que se nos quedó perdido para siempre. Que lio, se me enreda el cinturón, ¡tan patoso como siempre¡ Nervios. Grito… Y al gritar me libero para siempre. Grito, y todo el mundo se vuelve a mirarme. Piensan que soy loco y no me importa. Me siento, al fin libre, libre de decirte lo que siento. De pronto un pasillo, ese que me invita a caminar, levantarme y acercarme a ti. Llorar cuanto antes a mi padre muerto.

Poli Rubia
Grupo A


El sueño

Asiento 13F. Señores y señoras, la compañía les da la bienvenida. Hora local prevista de llegada, las 08:20, temperatura actual en destino 28o. Desearles que disfruten del vuelo y no duden en contar con nuestro personal auxiliar ante cualquier necesidad.
Les comunicamos que se les servirá un menú caliente y, en pocos minutos una azafata les ofrecerá los artículos Duty free que pueden previsualizar en el catálogo situado en el asiento anterior.
En unas horas veré amanecer en otro mundo, con personas diferentes, otros sonidos, luces, montañas, constelaciones, aires y construcciones. Me encuentro expectante cargada de ilusión y muchas ganas de observar y actuar con un enfoque nuevo.
Este aparato posee seis salidas de emergencia, dos situadas en cada una de las alas y las otras en las partes delantera y trasera.
Deseo tener una estancia que me haga mejorar a través del aprendizaje y del entendimiento de otros hábitos y sistemas de vida.
Sobrevolamos el cab ...

¾ Mwananke haini
¾ Perdón no entiendo lo que me dicen
¾ Kifo mauti
¾ No he hecho nada, por favor suéltenme
¾ ¡Kuua!
¾ ¡Kuua!
¾ ¡Kuua!
¾ ¡No, no, por favor!

..rogamos hagan uso de los cinturones de seguridad. En esto momentos sobrevolamos una zona de turbulencias conocida como el Mar del Diablo
Fueron las últimas palabras que pudieron escucharse en el Boeing desde la torre de control. A continuación desapareció dejando una estela vertical y no se hallaron restos del avión y del pasaje ni en tierra ni en el agua.

Antonia Oliva
Grupo B


A ras de cielo

Si vivir es volar a ras de suelo
¿Qué extraño convencimiento convierte
un paseo entre nubes en más muerte
que la velada muerte que con celo

acompaña tu marcha siempre? Cielo,
mar, vereda verde. Beso sin fuerte.
Pasillo de hilaza sin contrafuerte.
Nunca hay cinturón entre tú y tu vuelo.

¿Por qué entonces tal sudor, tanto miedo,
tanto rezo? Si vivir es un paso
¿Por qué tanto apego al grito de un credo

de porsiacasos? No volar es ocaso
Cualquier turbulencia no es más que enredo
de hilos e hilvanes en un contrapaso

Ana Isabel Fariña
Grupo B


Despegamos con ayuda

En el aeropuerto de Orly, sentados en el avión a punto de despegar, observo a dos individuos vestidos con mono de trabajo que deambulan por el interior del avión. Al cabo de un rato parece que han terminado el trabajo y uno le dice al otro: ¿revisaste aquello? y el otro le contesta: bueno más o menos, malo ha de ser que no vuele por eso. Maria, sentada a mi lado me pregunta: ¿qué han dicho? nada, mentí, que todo está en orden. Como ella tiene miedo a volar, estaba pendiente del despegue y no apreció la palidez de mi cara.
Al cabo de unos minutos el avión sale a pista. Observo a Maria agarrada a los reposa-brazos de los asientos con fuerza sobrehumana, cierra los ojos, contrae los maseteros y parece que le da fuerza y velocidad al aparato, por lo que despega con normalidad.
El aterrizaje otro día lo contaré.

José Luis Juan Fonseca
Grupo A

Cicatriz. El dolor en la literatura

El lunes pasado olía a yodo y mercromina en la sala de fondo local de la biblioteca de la Casa de las Conchas. Pero también olía a gasas, tiritas, a pasillo de hospital, incluso a formol.
Dentro, un grupo de amantes de las palabras, buscaban la manera de cicatrizar las heridas abiertas por el amor, la muerte o la propia vida, como señalaba Miguel Hernández en uno de sus poemas.
Iniciamos la sesión auscultándonos con el poema "Llegué por el dolor a la alegría" de José Hierro:

Llegué por el dolor a la alegría.
Supe por el dolor que el alma existe.
Por el dolor, allá en mi reino triste,
un misterioso sol amanecía.

Era alegría la mañana fría
y el viento loco y cálido que embiste.
(Alma que verdes primaveras viste
maravillosamente se rompía).

Así la siento más. Al cielo apunto
y me responde cuando le pregunto
con dolor tras dolor para mi herida.

Y mientras se ilumina mi cabeza
ruego por el que ha sido en la tristeza
a las divinidades de la vida.


Hicimos después una "Radiografía del dolor en la literatura"de la mano de Jaime Cedillo. Hablamos de Mortal y rosa, de Francisco Umbral, de "Diario de una enfermero" de Isla Correyero, de "Estar enfermo", un homenaje de Luna Miguel a Virginia Wolf. Y nos detuvimos un buen rato en el dolor de con el libro de poemas Canal de Javier Fernández.




Y compartimos algún analgésico literario como "Poética" de Isla Correyero, un fragmento de "Mortal y rosa" y un poema que mencionamos pero no aparecía en la ficha de trabajo titulado "Tanto abril como octubre" de Jorge Richman, texto que se inicia con la cita de Alejandra Pizarnik «Cuando a la casa del lenguaje se le vuela el tejado y las palabras no guarecen, yo hablo» y que nos sirvió como pretexto para la tarea de escritura. Los transcribimos aquí, en ese orden.


Se necesita desesperación para crear. Una portentosa alteración
al filo de la ferocidad y la tragedia. Se necesita el estremecimiento
que tense la cuerda de vivir. Que de lo innumerable a lo sagrado aten
la cuerda todas las sábanas de la muerte y de la enfermedad.
Para escribir, aún más se necesita la desesperación, el ruido infatigable
de los cascos , bien lo sabia la PLATH, que sufrió el desenfrenado
acontecimiento de la duda, esa inseguridad irracional que buscaba
la percepción más radical de lo biológico.
Se necesita, como dijo Yeats " Que el poeta cante con tales aires que
creamos que tiene una espada en el piso de arriba... que la pasión
del verso surja del hecho de que los actores están conteniendo
la violencia o la locura, conteniendo la pasión histérica . Todo depende
de esa capacidad global de contener."
Contener y soltar.
Tensar y disparar cada palabra como si el nudo de la garganta se
deshiciera para el amor o la melancolía.
Necesitamos que los limpios de corazón y de escritura acaben con
la plaga de los perversos y los mercaderes.
Que escriban los limpios y los voladores con su única inocencia natural
y sean salvados de las garras criminales de la impaciencia.
Se necesita la conciencia de la desesperación.
La oscuridad deslumbradora de la desesperación.
Crear lo numinoso del sacrificio y la tragedia: un proceso
extraordinariamente vivo hacía las premoniciones y la regeneración.
Debemos ascender del estremecimiento en su luminosa
cadena bioquímica.
De la más profunda y lejana religión de las atmósferas,
advertir el alimento que nutra nuestra causa para crear un aura convulsiva equiparable a la revelación del conocimiento que obtendremos.
Se necesita la desesperación para mirar, para encerrarse,
para abrir los oxígenos, para callar y para hablar, y desobedecer.
Para amar desesperadamente y para obtener la única dulzura de la
Naturaleza.
Encontraremos el instinto y el impulso más deseado para la laringe.
El ritmo de la pobreza. La soberbia valiente de los pobres y los tímidos.
No habrá comodidades para el desesperado.
No habrá referencia definitiva. No sombra igual a otra. No certidumbre.
No quietud ni beneplácito de nadie.
Solo búsqueda, incertidumbres, desasosiego, decepciones, sombras
y más sombras diferentes.
Jamás conoceremos el consentimiento y la conformidad de nadie.
No hay ninguna recompensa.
Es un camino solitario y altísimo.

* * *

Tu cuerpo es un hermoso fragmento
de no sé qué grandeza rota.
El cesto de frutas de tu vida
se renueva por sí solo todos los días.
En tu boca destrozada habla la tristeza del martes
y en tus dedos minuciosos arden páginas de luz.
Le abultas al mundo como una planta excesiva
y dejas magnitudes de olor por donde nadie pasa.
Has oxidado el aire con tu cansancio,
has enterrado todos los clarinetes,
tienes senos destruidos como la antigüedad
y muslos de cosecha que le pesan al día.
Busco en tu alma un tabaco de infancia,
busco en tu sexo un mar desalentado
y comprendo que los muertos, realquilando tu casa,
hacen un poco más alegre
el destrozo del amor y el abandono azul de la cocina.

* * *

1
Tanto dolor escrito en este cuerpo.
Tanta luz anegada en estos ojos claros.
La rosa es sin porqué
—ya lo sabías.
El dolor nunca tiene para qué.

2
En el hospital el tiempo es otro tiempo.
Sigue pautas distintas:
leche caliente a las cuatro y a las once,
desayuno a las nueve,
tantos medicamentos en vasitos de plástico,
tomar la tensión por la mañana y por la noche,
visita de los médicos a las diez más o menos,
la comida a la una, tan temprano...
Lo que desaparece es la impaciencia.
La habitación es un vagón de ferrocarril
y el tren no va a llegar a su destino
antes de tres semanas.
Una visita ha observado
que el Madrid que se ve desde este piso décimo
es un óleo de Antonio López.

3
Después de la mitoxantrona
orinas azul.
Cerca agoniza un muchacho
a quien han serrado la pierna en la cadera:
cercenada pesaba treinta y cinco kilos,
más peso que el resto de su cuerpo ahora.
Un mesmerizador lo hipnotiza
para que no quiera morir
aunque se muere.
Tú orinas un azul
contiguo a esa agonía.

4
Estas enfermedades se llevan muchas cosas.
Lo que queda
me atrevo a llamarlo esencial.
Por ejemplo: estás viva. Te amo.
5

El café con leche cuesta ochenta pesetas.
El zumo de naranja natural, doscientas.
Un litro y medio de agua
mineral cuesta ciento veinticinco.
El tratamiento —que paga
la Seguridad Social— de seis a ocho millones.

6
A veces he pensado que ya estabas muerta
y yo vivía alguna vida sin ti,
quizá con otra mujer.

La libertad de un duelo.
Me imagino releyendo los cuadernos de tu mano
escritos con esa letra que tú juzgabas tan fea.

Entonces me doy cuenta de que esa vida
es un pozo seco que en realidad no imagino
y no tendría que ver conmigo nada,
nada.

7
De pie detrás de ti
te rodeo la cintura con los brazos
mientras te inclinas para lavarte la cara
(esta mañana te desvaneciste
y volviste luego con un minuto de terror
sobre la lengua).
Te sostengo para que no caigas,
mi carne junto a tu carne.

Mientras estamos así
pienso en todas las veces que estuvimos así
pero mi carne dentro de tu carne
pero tu carne envolviendo mi carne.

Y de repente eres tú quien me estás sosteniendo
para que yo no caiga.


8
Sueñas
que queman por dentro a un caballo

y al día siguiente empieza la fiebre.


9
El tónico facial y la crema hidratante
hasta con treinta y nueve grados.
Hasta cuando eso representa más trabajo
que el de la jornada en que más hayas trabajado en tu vida.
Todo ese trabajo
para salvar la tersura de la piel

salvar la vida y el mundo
que hoy dependen de la tersura de la piel.

10
Un archipiélago de pequeñas estrellas de sangre
sobre los muslos.
Tienes sólo doce mil plaquetas hoy.
Han bautizado a tus estrellitas petequias.

11

Eres sagrada
Tu orina huele mal
eres sagrada
Se te cae el hermoso pelo negro
eres sagrada
Las piernas no te sostienen
eres sagrada
Las heridas no cicatrizan
eres sagrada
Sin morfina no aguantas las llagas de la boca
eres sagrada
eres sagrada
y por eso mañana baja la fiebre
baja la fiebre azul
empieza el día de tu restitución.

12

Ya pasó, ya pasó, y sólo quedan
los chiquillos jineteando sus mountain-bikes en el baldío
—más allá del aparcamiento, diminutos
desde la planta décima—

y esa gota de sangre sobre los cubiertos de plástico.


Propuesta de escritura

Escribe un texto sobre el dolor de manera libre, sin red, a bocajarro.
O describe el exterior e interior de una casa vieja o abandonada donde aparezcan una serie de sustantivos relativos al campo semántico de la casa y sustitúyelos, una vez realizada la tarea, por sustantivos afines al cuerpo humano o a emociones. Será una forma discreta, pero íntima, de adentrarnos en vuestro dolor.


Y estos son algunos de los trabajos recibidos hasta ahora


Mi casa

Mi casa ha sufrido tantos implantes y amputaciones, que me resulta difícil de reconocer. De su puerta de entrada, tan solo queda una hoja colgada de una bisagra completamente oxidada. Por sus ventanas, trepan las zarzas, haciendo funciones de verjas. La caída de varios tabiques ha añadido a la casa un enorme pasillo que nunca tuvo.

No queda nada del salón, reservado para invitados que apenas llegaban. Al fondo las alcobas dormitorio que aún son reconocibles con sus viejos desconchones como únicos adornos decorativos. Por la pequeña ventana de la cocina-comedor, se cuelan los rayos del último sol de la tarde, junto con la chimenea, es lo único que queda que delate su identidad. La puerta que comunicaba con los chiqueros, a pesar de que nunca cerró bien, ha quedado atrancada para siempre.

Por el pequeño hueco de la escalera aún se puede ver el corral, que entre otras cosas albergaba el cuarto de baño, la mayor estancia de la casa.

Tantos años a la intemperie, se han llevado por delante sus olores, una de sus señas de identidad inconfundible.

Mi cuerpo

Mi cuerpo ha sufrido tantos implantes y amputaciones, que me resulta difícil de reconocer. De su corazón de entrada, tan solo queda una hoja colgada de una bisagra completamente oxidada. Por sus ojos, trepan las zarzas, haciendo funciones de verjas. La caída de varios tabiques ha añadido a mi cuerpo una enorme vena que nunca tuvo.

No queda nada de los huesos, reservado para invitados que apenas llegaban. Al fondo la cabeza que aún es reconocible con sus viejos desconchones como únicos adornos decorativos. Por los pequeños ojos de la herida-cicatriz, se cuelan los rayos del último sol de la tarde. Junto con la chimenea, es lo único que queda que delate su identidad. El corazón que comunicaba con los chiqueros, a pesar de que nunca cerró bien, ha quedado atrancado para siempre.

Por el pequeño hueco de la escalera aún se puede ver la vida, que entre otras cosas albergaba los recuerdos, la mayor estancia del cuerpo.

Tantos años a la intemperie, se han llevado por delante sus olores, una de sus señas de identidad inconfundible.

Antonio Castaño Moreno
Grupo A


Infierno

Sueña que está a punto de entrar en el infierno, arrastrado por todos sus demonios. En el abismo de su desesperación, se despierta. Casi no puede respirar. Apenas consigue secarse el rostro con la sabana empapada en sudor. Poco a poco va recuperando el resuello. Apoya la cara en una esquina de la almohada. Lentamente, vuelve a dormirse. Sueña que está a punto de entrar en el infierno, arrastrado por todos sus demonios.

Ignacio Aparicio Pérez-Lucas
Grupo A


El fumadero de opio

“Vendrán más años malos y nos harán más ciegos”
(Rafael Sánchez Ferlosio)

Aquel ayer, bien lo recuerdo, un intruso se coló por el agujero de mi pecho.
Violó mi voz.
Engendró sus larvas.
En menos de un parpadeo, una hiedra espesa ocupó mi garganta.
El aire se pudrió en su abrazo y un descomunal grito áfono brotó de mis ojos.
Nadie lo escuchó.
Recé con una devoción que desconocía, pero los dioses estaban ocupados.
Renegué de ellos.
Maldije sus nombres.
Odié como nunca lo había hecho.
Hice arder la palabra horizonte y sepulté el arco iris.
Cambié el eje de la tierra, el sol debía girar alrededor de mi carne insomne.
Me emborraché con el opio de una batuta monotónica y caminé por un rio sin orillas.
Un salmo de plomo vistió mis pies y fui cigüeña sin nido.
Ayer, bien lo recuerdo, un intruso se coló por el agujero de mi pecho.
Había esquirlas en su verbo.
Se convirtió en Rey de mi papiro.
Me sometí
En menos de un parpadeo, la colmena se hizo hiel y mi perfume naufragó en su aliento
Un intruso se coló por el agujero de mi pecho
Sé que fue ayer
Más no recuerdo

Ana Isabel Fariña
Grupo B


Dolor del alma

Un nudo de angustia aprieta el estómago y hay que escribir para vomitar, para deshacerlo.

Volviendo hacia casa, mirando nuestro interior, hay una serie de cerrojos que cierran la nada. Algo así pasa con los nudos sicológicos angustiantes: no hay tragedia detrás, no hay más que pequeños monstruos que fabrica el subconsciente y avisan de que los hemos dejado sueltos en nuestros adentros, alborotando la paz de la casa, el cerebro.

No comprendemos nada, el cerebro no sirve y , sin embargo, hay que poner en orden lo que pasa, si queremos ponernos en pie, hay que exorcizar los candados demonios si queremos la paz, la luz dentro del laberinto doloroso y así podamos abrir pasillos y ventanas al exterior, sin miedo, sin angustia, sin sensación de que flaquean los cimientos de nuestro ser.

En una carta escrita en 1685, Descartes se pregunta si es más importante ser feliz que conocer la verdad y ello comporta un sufrimiento debido al conocimiento de la esencia de la vida exterior, pero abrimos puertas y ventanas y entra mucho dolor social. Habría que vivir en una isla, pero la contemplación del panorama social produciría más dolor, estamos cercados por el mal, pero no podemos cerrar las ventanas ni la puerta de casa.

Emilia González
Grupo B


Dolor

Duro diamante que rasga el corazón,
Orquídea negra.
Lágrimas que nublan ilusiones
Orilla de un precipicio, el ocaso.
Roble, ¡dame tu savia!, hay que seguir viviendo.

Inés Izquierdo Pérez
Grupo A


DOLOR con mayúsculas

He tenido múltiples dolores, más o menos intensos. Dolor de muelas, dolor de oídos, dolor de cabeza, dolor de fracturas óseas, dolor precordial de pericarditis; todos ellos considerables, pero nada equiparable a lo que me ocurrió aquel día soleado del mes de junio, en que me dirigía en coche a Valladolid.

Conducía, disfrutaba del paisaje y escuchaba la radio, cuando comencé a notar una sensación extraña en la fosa renal derecha, sensación de desasosiego que iba en aumento, se va haciendo cada vez más intensa y empieza a desplazarse hacia la ingle; al cabo de unos minutos comienzo a sudar de forma intensa y a continuación me aparecen las nauseas.

Estaba a la altura de un pueblo llamado Pollos, tomé la salida de la autovía y me acerqué a la gasolinera que tenia una cafetería, indicando a una señora que andaba por allí que me encontraba muy mal y que iba a llamar a una ambulancia, pues sabia lo que me estaba pasando, estaba sufriendo un cólico nefrítico.

El dolor era intenso, pero saber de qué se trata lo hace más llevadero, así que me senté al sol y me quité la camisa que estaba absolutamente empapada en sudor; la buena mujer que estaba por allí tuvo a bien colgarla para que se secara mientras venia la ambulancia.

Acuden los sanitarios, me identifico como médico, les cuento los síntomas y me ponen medicación endovenosa. Pero el dolor no cede sino que continua en aumento, por lo que deciden ingresarme en el hospital más cercano: el comarcal de Medina del Campo. No sirvió de nada que insistiera para que me llevasen a Salamanca, por no se qué historias burocráticas inexplicables a mi entender, me llevan al hospital que tienen asignado.

Allí me ponen una droga más fuerte que tampoco resulta eficaz; me hacen una ecografia y allí aparecen las piedras enclavadas en el uréter, asomando a la vejiga queriendo entrar todas a la vez, pero sin poder pasar. Como continuo con el dolor, me ponen otro veneno aun más fuerte y con este último, a la tercera va la vencida, el dolor cede y me adormezco.

Consigo contactar con mi familia, me vienen a buscar, pido el alta voluntaria y me voy a casa.

Al día siguiente el dolor vuelve. Llamo al enfermero de guardia para que me ponga medicación, pero se pone nervioso y me destroza la vena y se extravasa el líquido, con lo que el dolor del brazo hace que casi se me olvide el del cólico. En ese momento, tumbado en la cama miro hacia la ventana y me digo: sabes que este dolor se pasará, pero si no lo supieras, abrirías la ventana y cogiendo carrerilla saltarías si dudarlo.

Al cabo de unas horas, salí corriendo hacia el váter y salieron las piedras disparadas sonando como una ametralladora tá tá tá tá ta al golpear con la taza; la cuestión es que no las recuperé.
Se fueron por el sumidero y con ellas se fue el DOLOR.

José Luis Juan Fonseca
Grupo A


Bendito dolor

Dices que se me ve feliz.
Y te preguntas como puede ser que un dolor en el pie pueda ser causa de tanta dicha. Pero coincidirás conmigo en que no puede existir mayor felicidad, cuando sepas que desde hace seis años no sentía nada de cintura para abajo.

Poli Rubia Navarro
Grupo A


Una historia real

Pero, ¿tú te ves?
Miraté
Tú, que has sido un niño soldado.
Tú, que con once años viste como los paramilitares mataban a tu padre y se llevaban la vaca y los tres cerdos. Hasta cuatro gallinas se llevaron …
Tú, al que una noche secuestró la guerrilla. Pero antes tuviste que ver como violaban a tu madre y a tu hermana de nueve años, en la plaza del pueblo, a la vista de todos.
Tú, que te hicieron coger un fusil que a duras penas podías sujetar y dispararlas a las dos en la cabeza.
Tú, que llorabas y te negabas a hacerlo, hasta que viste como empezaban a cortarlas los dedos y quemarles los pezones con cigarrillos.
Tú, que has matado a más de cien hombres.
¿Tú te ves?, ahí tirado, llorando por un puto dolor de muelas…

Poli Rubia Navarro
Grupo A


Del dolor y del llanto

Nunca pude llorar tu muerte. Lo único que sentí cuando me enteré de la noticia fue el dolor sordo de recordar su llanto desconsolado mientras nos preguntaba quién había cogido las últimas mil pesetas que quedaban en casa y que tendrían que servir para darnos de comer en lo que faltaba de mes. El frío de tu ausencia aquella nochevieja, toda la familia alrededor de la mesa, esperando por ti, haciendo tiempo, con ánimo alegre; el pasar de los minutos, la transformación de los rostros, las uvas que no se comen, la tristeza en su mirada mientras recogíamos para irnos a dormir. Me duelen tus habanos, tu copa de soberano después de comer, el bollito suizo que te esperaba todas las noches, tus privilegios de señorito cortijero mientras los demás sufríamos el racionamiento más estricto – “la fruta hoy en día es un lujo”, solías decir- condenados a la dieta de patatas a lo pobre que es exactamente lo que éramos y nos sentíamos. Tus estallidos de rabia cuando se cuestionaban esos privilegios o cuando alguien mostraba una necesidad. No creas que me olvido de las doscientas pesetas que gané buscándome la vida y que acabaron en tus bolsillos al llegar y mostrarlas – orgulloso – víctima de mi inocente autoestima. Siempre tus voces, tus ausencias, tus desplantes, tus cigarros, tus copas, sus esfuerzos, su tristeza, sus lágrimas, tu prepotencia, tu ignorancia, su tesón.
Meses antes me pidió que fuera a verte al hospital y cuando me negué creo que la hice sufrir. Ni siquiera por ella hubiera ido. No, nunca lloré tu muerte. Nunca la lloraré.

Javier Portilla
Grupo A


No te lo perdono

Esto no te lo perdono. ¿Cómo has podido?. Jamás lo hice yo, ni siquiera en las partidas de cortas ausencias. Ya no sabré con quien compartir nuestros secretos. Nadie me tomará en consideración, y los imbéciles de siempre me tildarán de loco. ¿A quién cuento que la piel de la perra Caireles era un trozo despistado de arco iris, o que un ojo alojaba un mar bravío y el otro un atardecer de otoño?. ¡Cómo nos reíamos con el furibundo rugido de las olas cuando dormía en el rincón del comedero!. ¿Y quién va a creer la memorable aventura de las ranas, con mi pie izquierdo sepultado en la charca de las Carbas?.

Sé que los años te habían encerrado en la cárcel que habitabas, y tu mente ajada se escapó del mundo. Ya no conocías a la gente, ni siquiera a la familia. Pero a mí sí. Lo gritaba la sonrisa de tu boca desdentada, y el abrazo sincero, cada vez que te visitaba, idéntico al del día en que, imposibilitado para cuidar tus estrellas, tomaste la cazuela grande de la alacena, donde las habías recogido, y me la entregaste. Por tu mejilla resbalaron dos amargos lagrimones.. Te prometí cuidarlas como a las mías y sonreíste satisfecho. Al anochecer, ¿recuerdas?, las tomé entre mis manos, subí a la Peña Gorda y con un soplo suave, las hice ascender al cielo donde hoy brillan. Te las he cuidado, Tino; te las he cuidado, con tanto cariño como a las mías. Mañana atravesaré la noche; quiero ver tus destellos entre ellas.

Estabas muy viejito, pero estabas. Aún seguías siendo la misma adorable persona que me hizo galopar en el caballo de su pierna, ahuyentaba mis miedos con el palo roto de la escoba o guardó para la eternidad mis otros secretos, los personales, los de los interminables atardeceres de invierno al calor del brasero, cuando las emociones de los quince años rebosaban en el alma. Compartirlos contigo fue un alivio. Me quisiste como al hijo que no tuviste, y yo como al padre que sí tuve. Y siendo así, ni siquiera me dices que te marchas.

Ayer, la llamada fue breve: “Tino se ha ido”. Lo oí y sentí desgarrarse el corazón, pero no lloré. Sí, me dolió, me dolió mucho, porque aún nos quedaba por hablar de muchas cosas, compañero del alma, compañero y se me ha quedado llorando para siempre el abrazo de adiós definitivo.

Evaristo Hernández Sánchez
Grupo B


Edificio/Cuerpo

Cada vez le resulta más difícil, pero no hay otro remedio. Si te tomas el trabajo de revisar tu vivienda —se razona Carolo Montero—, la puerta, el pasillo, los dormitorios y sus camas, el baño, el salón, la cocina, las ventanas, el patio... Si te organizas para eso, cómo no vas revisar el estado de tu cuerpo.
Hoy, como cada primero de mes, Carolo toma asiento a su mesa en el despacho y saca la carpeta con los informes médicos; hay que ver la cantidad de papeles. Bien el corazón según el cardiólogo, aunque la colesterolemia (hay que jo... el palabro) dice que más de 300. ¿La cabeza?, bueno, la cabeza bien; por lo menos los recuerdos del pasado no se han ido, aunque están la alopecia, y esos manchones que no le gustan nada al de piel. De los huesos no hay queja, parece que la artrosis que le mortifica cuando cambia el tiempo es cosa que traen los años y lo mejor para ello es el ajo y agua. Cicatrices, más que suficientes; en la tripa sin ir más lejos, la de la apendicitis de cuando niño y la del tumor del año pasado, que todavía no está clara la cosa. La herida de la pierna no termina de mejorar ni con los antibióticos; pero a ver, ya no recupera uno como cuando joven. La miopía no cuenta, eso es de toda la vida; nada tiene de particular que te hayan aumentado las dioptrías. ¿El estado de ánimo? Bueno, eso no figura en los informes, es cosa que va y viene, pero nada, uno es que tienes sus días.
Recoge sus papeles. El médico de cabecera dice que a determinada edad uno ha de estar pendiente de su salud y Carolo Montero es algo que tiene muy en cuenta; no deja cada primero de mes de revisar los informes médicos. Eso le da la tranquilidad de conciencia necesaria para todos los días encaminar sus pasos al estanco y pedir el paquetito de Winston; como que van a enterarse los médicos, tú.

Pascual Martín
Grupo B


Liberación

No era la primera vez que aquella joven ingresaba por intento de suicidio. Se había propuesto quitarse la vida y aquella vez lo consiguió, tomandose numerosos medicamentos que le pararon su frágil corazón por una realidad no asumida; el dolor irremediable que la vida nos impone.
En un solitario descampado acabó con su corta vida dejando tras ella a una madre que la quería; en su cara se reflejaba una sorprendente serenidad, una aceptación que la liberaba de esa tremenda carga y desasosiego mantenido en el tiempo.
"Por fin lo ha conseguido" - dijo la madre.- . Fueron sus únicas palabras.

Luisa Sánchez Mayorga
Grupo A


Dolor

Hiero mi sed de sentimientos,
preñada de un dolor
que roba mis sentidos.
Acaricio mi piel endurecida
que brama en los rincones de mi cuerpo.
Me acerco junto al mar
para saciar de espuma mi epidermis,
acunarme en sus olas,
calmando mis ardores en un atardecer.
Pensamientos rotos
distorsionan mi interior
con palabras incoherentes
que afloran alienadas
en un mundo imaginado de voces.
Enferma y aterida
sufro con las horas,
rasgando la mirada hacia la vida.

Sofía Montero García
Grupo B


Historia clínica

10 de Junio de 1994. Esa tarde mi turno de trabajo fue tenso y muy cansado. Cuando salí del Virgen Vega, mi lugar de trabajo, notaba mi cuerpo sudoroso, febril y esa sensación se confirmo. A las 12 de la noche tenia 38º de fiebre y el cuerpo machacado.Precisamente ahora a pocos días de tomar mis primeros quince días de vacaciones. Mi médica de cabecera opinaba que era una gripe, yo dudaba, mi fiebre volvía a subir pasadas cuatro horas de tomar el antitérmico, esos días me di más baños tibios que... había ratos que mis dedos eran como garbanzos en remojo.

La fiebre seguía y cada día más alta, el cuerpo dolorido y una tarde,me doy cuenta de que veo borroso, todo en tono gris, de niebla, y mis ojos están sucios, si sucios mi iris no es azul, como siempre, es gris y sucio, eso me asusta, noto que no veo bien y el oftalmólogo, lo confirma, en el ojo derecho tengo un 95% de visón.Tengo una uveitis, ese es el problema que me esta provocando ese cuadro que opinaban era una gripe.

Análisis, pruebas, radiografias,por esa época aún no se hacían Resonancias,Nada ayudaba a confirmar un diagnostico cierto, y el que dieron fue

Idiopatica. Estuve un mes con ojos dilatados, eso era como vivir en niebla continua,cuando pude dejar la dilatación de mis ojos y compro be que veía, mejor y con claridad, ese día fue de los más felices de mi vida.Después de 3 meses me incorpore de nuevo a mi trabajo.

Notaba en muchos momentos una sensación de inestabilidad, que cuando consultaba con los Galeno, opinaban que podía ser de las cervicales,masajes, rehabilitación, y molestia no me dejaba,hice sesiones de reflexoterapia, me gaste dinero, y la mejoría era pasajera

En el año 1999, de nuevo, vista borrosa, al hablar no pronuncio bien, y de nuevo un peregrinar por el Hospital, esta vez,el oftalmólogo lo tuvo claro, ahora no era una uveitis, era una neuritis, el nervio óptico estaba afectado y la causa podría ser una esclerosis múltiple, y lo fue. Ya se realizaban resonancias magnéticas y eso confirmó el diagnóstico, también los potenciales evocados, otra prueba que ve la afectación del nervio óptico.

A la hora de hacer mi historia clínica, llegaron a la conclusión de que la uveitis,los episodios de vértigo inestabilidad cansancio sin motivo que lo justificara, ( que a veces tenia) todo fueron brotes de lo que se confirmo, en septiembre de 1999.

Empezaré por presentarme
Soy una enfermedad desmielizante.
Caprichosa, donde las haya.
Lianta, cada vez que me hago presente lo puedo hacer de forma diferente.
Estoy desde que llego, con guiños y sorpresas.
Reuno muchos sintomas.
Obligo a realizar tareas continuas, para no perder el ritmo.
Sensibilizo a los afectados de mil formas diferentes
Inquieto desde mi presentación
Soy muy puñetera

Más paciencia que otra cosa necesitan los afectados.
Únicamente tengo de mi parte a los investigadores.
Leyes concretas para mi no existen.
Tan pronto estoy inactiva, como me presento y provoco lesiones.
Intranquilizo cuando me presento.
Participan conmigo otras causas que nada ma benefician.
Liando situaciones y creando conflictos.
Esperanza es lo que recomiendo para las personas que se han encontrado conmigo.

Josefa Agustín González
Grupo A


El rincón de la chimenea

Nunca llamo a la puerta. Empujamos y a continuación se oye un portazo. ¡Abuela, ya venimos!. Era maciza, con dos hojas e igual que la del cuarto oscuro, las fabricaron utilizando la madera de un nogal que habitaba en el Rincón de Carabo cuando mi abuelo era niño. Lara y yo subimos las escaleras. Yo siempre le antepongo el brazo para llegar primero. Y así es, ella ya hace años que quedó atrás. Nos sentamos un momento en el campo de casa a descansar y la abuela sale a besarnos. Dando saltos entro en la cocina que es el centro de reunión y miramos en la repisa de encima de la chimenea dónde abuela nos guarda los cueros fritos y la nata de leche cuando sabe que vamos a venir a su casa en San Valero.
¡Eu!, dice. Ahora es abuelo el que viene del campo. Echa agua de la cántara en la palangana situada en el frente del campo de casa y se lava el sudor de la cara, el cuello y las manos. Se sienta en el escaño con la jarra de vino de la bodega al lado y nos cuenta el cuento del Ojaranco, el Polifemo que viajó desde Grecia hasta estas sierras mucho antes de que abuelo y abuela habitaran esta casa que hoy ya no existe.
Lara se tumba en el escaño y se duerme. Abuela se la carga a las costillas y la transporta a la alcoba. Ella se queda ya sola en la cocina, para recoger y dejar todo en orden. Y ahí es dónde abuelo se la encontró muerta una noche que él dejó de oír ruido desde la cama y se levantó.
Abuela llega cargada con la ropa recién soleada. Me acerco a olerla. Es el olor del placer en la piel por las sábanas y las camisas limpias y secas gracias a la generosa naturaleza privilegiada de estas tierras. Por eso el acto de entrar en la cama me anticipa el descanso más dichoso aún sin llegar a dormir, solo por tumbarme entre las sábanas que el aire cubrió de pureza y el agua de energía sosegadora, envolventes de bienestar cálido.
Subo al corredor desde dónde se divisa la carretera de abajo y unas terrazas con viñedos. Abuela cose pantalones de abuelo y yo leo las historias de los Hollister a la luz del día mientras el pueblo duerme la siesta.
Vuelo por encima de los tejados y veo a Lara en la corriente del río, le alargo mi mano pero ya no puede verme. Cincuenta años se encuentran demasiado lejos.
Puerta (corazón), casa( cuerpo), campo de casa (venas), alcoba (cabeza), baño (recuerdo), cuarto oscuro (oscuridad), cama(cicatriz), cocina(herida), corredor(ojos), bodega(vida), chimenea (clavícula), escaño (brazos), tejado (pelo), escaleras (sueños)

El rincón de la clavícula

Nunca llamo al corazón. Empujamos y a continuación se oye un portazo. ¡Abuela, ya venimos!. Era macizo, con dos hojas e igual que el de la oscuridad, los fabricaron utilizando la madera de un nogal que habitaba en el Rincón de Carabo cuando mi abuelo era niño. Lara y yo subimos los sueños. Yo siempre le antepongo el brazo para llegar primero. Y así es, ella ya hace años que quedó atrás. Nos sentamos un momento en la vena a descansar y la abuela sale a besarnos. Dando saltos entro en la herida que es el centro de reunión y miramos en la repisa de encima de la clavícula dónde abuela nos guarda los cueros fritos y la nata de leche cuando sabe que vamos a venir a su casa en San Valero.
¡Eu!, dice. Ahora es abuelo el que viene del campo. Echa agua de la cántara en la palangana situada en el frente de la vena y se lava el sudor de la cara, el cuello y las manos. Se sienta en el brazo con la jarra de vino de la vida al lado y nos cuenta el cuento del Ojaranco, el Polifemo que viajó desde Grecia hasta estas sierras mucho antes de que abuelo y abuela habitaran este cuerpo que hoy ya no existe.
Lara se tumba en el brazo y se duerme. Abuela se la carga a las costillas y la transporta a la cabeza. Ella se queda ya sola en la herida, para recoger y dejar todo en orden. Y ahí es dónde abuelo se la encontró muerta una noche que él dejó de oír ruido desde la cicatriz y se levantó.
Abuela llega cargada con la ropa recién soleada. Me acerco a olerla. Es el olor del placer en la piel por las sábanas y las camisas limpias y secas gracias a la generosa naturaleza privilegiada de estas tierras. Por eso el acto de entrar en la cicatriz me anticipa el descanso más dichoso aún sin llegar a dormir, solo por tumbarme entre las sábanas que el aire cubrió de pureza y el agua de energía sosegadora, envolventes de bienestar cálido.
Subo al ojo desde dónde se divisa la carretera de abajo y unas terrazas con viñedos. Abuela cose pantalones de abuelo y yo leo las historias de los Hollister a la luz del día mientras el pueblo duerme la siesta.
Vuelo por encima de los pelos y veo a Lara en la corriente del río, le alargo mi mano pero ya no puede verme. Cincuenta años se encuentran demasiado lejos.

Antonia Oliva
Grupo B


El cuerpo

El cuerpo, mi cuerpo, está prácticamente en ruinas. Los ojos tapados con sucias maderas clavadas de cualquier manera. El corazón sacado de sus goznes no impide la entrada. Avanzó por las venas, huele a humedad, moho y basura. El suelo de las venas sigue crujiendo en los mismos sitios que treinta años atrás. Llego a lo que había sido mi cabeza y siento frío, miro al techo y hay un gran agujero por el que se ve el cielo. El tejado derruido ha partido en dos la que fue mi cama. Huyo. La herida no está mucho mejor, todavía hay cazuelas, sartenes, platos y cubiertos llenos de polvo. Los huesos son lo que mejor se conserva, quizás porque el sol que entra por sus ojos le da otro aspecto. Voy al recuerdo y al entrar oigo un chapoteo en el váter que me salpica la cara de un líquido negruzco. Asqueada me limpió con la mano. Por último subo a la vida y por fin respiro, el cuerpo me estaba asfixiando.

Beatriz Gorjón Martín
Grupo A


Cuatro años sin ti 

Querido hermano.
Hoy se cumple el cuarto aniversario de tu muerte. Cada vez que llega esta fecha siento un tremendo dolor porque no puedas estar aquí.
Todavía tengo en mente en el momento en el que me dijiste que te habían detectado esa enfermedad. Recuerdo el momento más duro de mi vida, antes de morir me diste las gracias por haberte acompañado a las sesiones de quimioterapia. ¡Cómo no te iba acompañar si seres mi hermano!
Poco antes de tu fallecimiento le hice una promesa a nuestros padres de que te iba acompañar en este proceso. Espero que donde estés hayas encontrado la felicidad. Descansa en paz hermano.

David Álvarez
Grupo B


La casa

He vuelto a la casa de mi niñez. Ya no había nadie… Solo sentí ausencias y vacio. Me sobrecogí entre esos muros en los que fui feliz, donde hoy solo existe soledad.
De golpe los recuerdos acudieron a mí. Un torbellino de imágenes incesantes invadió mi mente, olores que quería recuperar… sensaciones envueltas de añoranza… Siento que todas las emociones y todas las vivencias del ayer estaban aquí esperándome…
Veo a mi abuela entre los fogones, parsimoniosa y juguetona entre sus pucheros. El ceremonial de la comida era su distracción, su vida… Mi abuelo, que entraba y salía de la cocina, siempre vigilante… Mi padre y mi madre jóvenes, muy jóvenes regando el jardín y el huerto. Entonces no era consciente de la grandeza de esos momentos. Y si la vida se hubiera detenido en aquellos instantes… Y sí la guadaña de la muerte no hubiera segado tantas vidas tan pronto…
Recorro las estancias, lúgubres, amarillentas por el paso del tiempo. Y el dolor se apodera de mí. Aquella cama con su colcha de ganchillo, que amorosa la recordaba y que desfasada la veo hoy. Cuantas noches de insomnio pasé. En ella mi hermana y yo hablábamos y hablábamos hasta casi el amanecer. Soñábamos con un futuro viajando alrededor del mundo, fantaseábamos con los amores de verano… Luego todo fue diferente a cómo lo habíamos planeado. Abro el armario. Huele a rancio y naftalina. Y el nudo en la garganta me va asfixiando más y más… Mis ojos se clavan en la palangana, cuanto tiempo que no veía una… ¡ ¡Qué descascarillada ya!
Una nostalgia salvaje, brutal se ha adherido a todos los poros de mi piel y creo que no puedo continuar hoy aquí. Salgo con lágrimas en los ojos. Este viaje al lugar de mi niñez me hace reflexionar en todas las vidas que hay dentro de la vida…. Y tal vez la más feliz fue la que pasé en esta casa donde viví mi niñez.

Pilar Sánchez
Grupo B


Aprender a perder

Aquella vez fue la primera, quizás aprendí un poco tarde a perder. Llegué a casa dejando atrás los cipreses, la tierra removida y aquel ruido metálico de palas latiendo en mi sien.
Fue al entrar por la puerta, todo estaba vacío, todo quedaba aparcado y paralizado. La sensación de patada en el ombligo, mordiscos, dentelladas y desgarros. Y esas ganas de gritar.
Ya había estado con la muerte, limpiando el campo santo a mis ancestros, llevándole flores para alejarla. En la iglesia, en la tele, en las canciones. Siempre ahí, cerquita de las sombras dormitando.
Pero entonces vino por sorpresa agazapada, escurriéndose por las entrañas de mi abuela, consumiéndola despacio con su dolor y su crudeza. Y a mí me pilló ocupada, sin creer que existía un final, acomodada en una vida que creía inamovible.
Allí estaba su jardín de rosas y de adelfas que imaginaba eterno. Los aromas de su cocina y la suavidad de sus manos. Y todo se acabó sin pensarlo, intentando despistarlo con jeringuillas de morfina.
Su dolor frente al mío. Su dolor agotado y triste que deseaba marcharse cuanto antes, descansar y dejar atrás lo hermoso ya vivido. Mi dolor de hueco perpetuo, de “adiós” y “te necesito a mi lado”.
Una lucha absurda en la que siempre pierdo, porque la muerte es realidad y mi sufrimiento y mi llanto no son armas frente a ella.

Sara Diego
Grupo A


El dolor

Existe el dolor del alma, ese tan inmenso que lo borra todo si estas despierto.
Existe también el dolor de muelas, que aunque pasa deja su recuerdo.
O el de perder un ser querido que se presenta insoportable por momentos y se vuelve eterno.
El dolor de dejarte los dedos en el marco de una puerta; punzada aguda que no deja secuelas.
El dolor, ese, el mismo que todos conocen; Un sentimiento tal, y con tanto ramaje que de puro cierto se convierte en más o menos importante.
El dolor que produce la injusticia.
El dolor intenso del parto que se confunde entre tantas sensaciones y sentimientos.
El de las despedidas; profundo y suave como una muerte dulce por que tiene su origen en el amor.
El dolor de espalda, el del abandono, El de la indiferencia, el de ovarios, el del desamor, el del hambre de tus hijos, el que duele en la piel de los demás.
El dolor de una mala noticia, que se vuelve punzada en el estomago y nausea.
El vergonzoso dolor de una parte delicada del cuerpo que mezclo con el silencio.
Existe también El dolor de la culpa y el dolor sincero, dolor del quemado, dolor interno.
Sé que hay dolores absurdos, busquemos un analgésico
Todo el dolor es nuestro. Todo es de la vida y del tiempo.

Esther Yubero
Grupo A


La casa del dolor

Estoy con los pies aferrados en medio de la calle, el agua lamiéndome los tobillos, mirando la casa de nuestra infancia. Piedras descascarillada rezumando humedad que se cuela hasta por los cimientos y hace que parezca un sapo hinchado.
Tengo miedo que se me desmorone el alma antes de entrar, antes de volver a nuestra infancia, porque aunque vives en otras casas, las amueblas, las habitas algo te dice que no son tus casas que la única tuya es la que está enfrente de ti.
Existirá todavía la aldaba? O algún chamarilero la habrá arrancado para venderla en cualquier almoneda?
Veo la puerta con marcas, inscripciones, quemaduras como pequeñas crueldades; nombres y corazones tallados. Ha cambiado de color, tiene un matiz esmeralda; color de animal mitológico atravesado por cicatrices. No me atrevo a abrirla para que no se caiga de sus viajes y así preserve la intimidad de nuestra niñez.
Salto la tapia derruida entre una alambrada oxidada y me sumerjo en el jardín; vislumbro el brocal del pozo invadido por plantas trepadoras que penetran en su interior buscando las aguas verdes y el légamo que las cubre.
La alberca donde nos bañábamos ha quedado engullida por la maleza y los arboles que nacen sin orden ni concierto pareciendo en su abigarramiento a un cuadro del Bosco.
Enhiesta se ve la palmera como signo de perseverancia; no será que mientras siga allí todo puede tener remedio?
Entre toda este follaje se ven aquí y allá rosas salvajes protegidas por espinas gigantescas como preservando nuestro pasado; lilas sueltas que no se sabe de donde salen.
Los rosales se hilvanan en las ventanas creando celosías inextricables. Me adentro por un pasillo lóbrego pasando de largo por la carbonera que se me figura como un agujero negro del que saldrán animales, fantasmas o espectros; desemboco en el zaguán con las baldosas historiadas y pulidas por nuestro paso diario e inmisericorde. Está lleno de polvo, silencio y tiempo y sus vigas caronjosas parecen querer venirse abajo cansadas de sufrir los avatares de la intemperie; útero vacío de la casa.
Y llegó al salón con sus techo ennegrecido que deja pasar entre sus rendijas la claridad desvaída y lechosa del desvan; lugar de juegos de nuestra infancia.
Los arcones decrépitos y la alacena desvencijada dejan ver libros y ropas enmohecidos y apolillados por la incurría.
El papel pintado desprendido como jirones de vida maltratada por el tiempo. Paredes resudantes de humedad. Sillas arrambladas. Por las ventanas las plantas del jardín intentan colonizar el interior como si la naturaleza se arrogara la potestad de enseñorearse de lugares que previamente se le habían arrebatado.
La cocina con su aura catacumbal desprendiendo una suciedad que parece querer impregnar el alma. Dónde queda ese olor a los guisos que preparaba nuestra madre?
El baño, pegado a la cocina, con un olor acre y pútrido ; su bañera zigzagueante de oxido.
Las alcobas salen del salón como brazos y piernas de un cuerpo gigantesco; frías, con un mobiliario rápido por las termitas y presididas por camas sobredoradas y barrocas que desprenden olor a excrementos de gato.
Todo está fuera, nada hay dentro. Dicen que el tejado se caerá hacia el interior y que entonces lo vegetal inundara todos los recuerdos y no seremos mas que ruina, recuerdo remiendo y nada.

Lucio Gómez
Grupo A


Habitáculo

Alguien sube la persiana del dormitorio y ruidosamente abre la ventana, lo que me hace suponer que ya es otro día.
Sé que aún existo pero ya no vivo.
El dolor que habita en mi cuerpo, enjuto y seco, corre a sus anchas porque sabe que él ya es todo suyo.
En mis nalgas, talones y codos, las malolientes llagas rezuman y las pústulas exudan pegajosas.
El cambio de pañal, con los fluidos sólidos y líquidos que expulsa esto que ahora soy, me permite adivinar que el día avanza.
Dos voces estruendosas gritan el nombre con el que yo respondía “y a la de una, a la de dos y a la de tres”, en un pis-pas, cambian las sábanas del lecho donde dormito a la par que me enfundan el único traje que me cubre, suave por desgastado.
Mi cuerpo ya lo percibe como un sudario y mi mente se adentra en el armario -que tengo enfrente y que feliz fui llenando- rebuscando en él aquéllos vestidos que me encendían cuando veía la vida de color de rosa.
Vuelvo a dormirme. Me despierto agitada. Mi viejo esternón no da para más aunque mis dolientes costillas aúnan fuerzas para ayudar al cansado fuelle a coger aire.
Agotada, vuelvo a caer en una suerte de duermevela. Mi intrépido corazón sigue esforzándose con latidos cada vez más entrecortados. Siento mi hueca boca, ya libre de barreras, engullendo a puñados el aire que me queda.
Un taconeo me despierta. Hoy ha venido mi hija. Se asoma a mi cuerpo retirándome la sábana. Aunque con disimulo, mira espantada mi rostro. No me reconoce. Tan sólo encuentra en mí la momia de una mujer. Ya no queda nada de su madre… por eso hoy he decidido no abrir más mis ojos.
El graznido de los grajos que sobrevuelan mi cuerpo me hace cada vez más compañía. Sé que me queda poco para irme a cantar con ellos.

Concha González
Grupo A


Cuando entré en mi cuerpo

Las ratas corrían por la vida, a la que me asomaba desde los ojos de la antigua herida, cuya puerta había tenido que derribar, ya que el jergón de una vieja cicatriz la bloqueaba.Malditos yonkis, pensé. Había atravesado con rabia los huesos que tanto conocía, en los que mi padre me hacía el juicio y me sentenciaba con la correa. No quise ni ver el recuerdo y los horrores que guardaría. El corazón de mi cabeza, al pasar por él, fué lo único que me dio algo de paz interior. Recordé los domingos por la mañana, mis padres dormidos, y la luz pura y serena del amanecer inundando mi cuerpo. Cuando entré en mi cuerpo y recorrí mis venas, estaba decidido a acabar conmigo mismo.Pero decidí, en el último momento, no ser merecedor de participar de esta decadencia.

Ricardo Paternina
Grupo A


Suplantando palabras

Original
He vuelto a la casa familiar, hogar de mi niñez y juventud, tras largos años de forzada ausencia. Formar una familia propia impone condiciones y sacrificios que se superan con el correr del tiempo, y por el contrario, se encuentran otras satisfacciones que compensan. Silencio, olvido y soledad es cuanto queda de un ayer borroso en mi memoria. Es desolador ver cómo la desidia perniciosa ha hecho de la vivienda su guarida carcomiendo paredes, vigas y techumbres, testigos mudos de lo que fue un hogar sencillo colmado de acontecimientos que vieron moldear la vida de los que allí, vivimos y crecimos.
Aquella mañana no tenía gran cosa que hacer y decidí acercarme hasta la vieja casa movida por un deseo desconocido.
Tras unas horas de viaje descubro la sólida construcción de un siglo atrás que soporta el peso de los años con la honrosa dignidad de un general perdida la batalla decisiva. La curiosidad no espera cuando tiene a su alcance el objeto deseado y traspaso la añosa puerta que persiste en sus principios de libertad. Ya que, por una causa u otra, su hoy herrumbrosa cerradura, en contadas ocasiones se utilizó para la función a que estaba destinada. Aunque parezca extraño, este hecho se centraba en una familia numerosa cuyos miembros cruzaban su cálido dintel a cada paso del reloj. Me interno en la espesa oscuridad del cinturón del pasillo guiada por mi mano en la pared, y llego hasta el salón donde una grieta de luz apenas perceptible delata la presencia del balcón. Giro la quejumbrosa falleba y una cascada de luz amaina la oscuridad del cuadrado perfecto de la estancia. No me sorprende ver su grado de abandono dado el desapego familiar, abandono que el tiempo en su destructora carrera ha degradado. Ni me alarma ver cómo el agrietamiento y la humedad han intoxicado las paredes, antes tersas y amigables, que hoy reclaman una reparación que les devuelva la prestancia perdida. Puedo apreciar el olor de la cocina donde mi madre trajinaba a diario para nueve personas, y la veo, la observo con su mandil a cuadros y cuchara de madera amenazante protegiendo sus croquetas de siete jóvenes bocas insaciables. Un olor pestilente a tubería, a moho y a humedad altera la emoción de este momento y me acerco al único baño existente en la vivienda para descubrir el origen de tanto hedor malsano. Observo la misma desolación que en el resto de habitaciones. Aquellos azulejos, blancos como las sábanas de la cama que colgaban del tendal del patio, hoy son manchas grisáceas y descamadas, dignas del más abyecto vertedero. Todo está como mi imaginación lo grafiteara en mi mente, ni siquiera el dormitorio que compartía con mis hermanas se ha salvado de tanta humillación y derrotismo.
Presiento un nuevo amanecer para su causa perdida. Una transición que le devuelva el esplendor de antaño. ¿Tal vez un… renacimiento?

Definitivo
He vuelto al cuerpo familiar, hogar de mi niñez y juventud, tras largos años de forzada ausencia. Formar una familia propia impone condiciones y sacrificios que se superan con el correr del tiempo, y por el contrario, se encuentran otras satisfacciones que compensan. Silencio, olvido y soledad es cuanto queda de un ayer borroso en mi memoria. Es desolador ver cómo la desidia perniciosa ha hecho de la vivienda su guarida carcomiendo paredes, vigas y techumbres, testigos mudos de lo que fue un hogar sencillo colmado de acontecimientos que vieron moldear la vida de los que allí, vivimos y crecimos.
Aquella mañana no tenía gran cosa que hacer y decidí acercarme hasta el viejo cuerpo movida por un deseo desconocido.
Tras unas horas de viaje descubro la sólida construcción de un siglo atrás que soporta el peso de los años con la honrosa dignidad de un general perdida la batalla decisiva. La curiosidad no espera cuando tiene a su alcance el objeto deseado y traspaso el añoso corazón que persiste en sus principios de libertad. Ya que, por una causa u otra, su hoy herrumbrosa cerradura, en contadas ocasiones se utilizó para la función a que estaba destinada. Aunque parezca extraño, este hecho se centraba en una familia numerosa cuyos miembros cruzaban su cálido dintel a cada paso del reloj. Me interno en la espesa oscuridad del cinturón de las venas guiada por mi mano en la pared, y llego hasta los huesos donde una grieta de luz apenas perceptible delata la presencia de los ojos. Giro la quejumbrosa falleba y una cascada de luz amaina la oscuridad del cuadrado perfecto de la estancia. No me sorprende ver su grado de abandono dado el desapego familiar, abandono que el tiempo en su destructora carrera ha degradado. Ni me alarma ver cómo el agrietamiento y la humedad han intoxicado las paredes, antes tersas y amigables, que hoy reclaman una reparación que les devuelva la prestancia perdida. Puedo apreciar el olor de la herida donde mi madre trajinaba a diario para nueve personas, y la veo, la observo con su mandil a cuadros y cuchara de madera amenazante protegiendo sus croquetas de siete jóvenes bocas insaciables. Un olor pestilente a tubería, a moho y a humedad altera la emoción de este momento y me acerco al único recuerdo existente en la vivienda para descubrir el origen de tanto hedor malsano. Observo la misma desolación que en el resto de la cabeza. Aquellos azulejos, blancos como las sábanas de la cicatriz que colgaban del tendal de la vida, hoy son manchas grisáceas y descamadas, dignas del más abyecto vertedero. Todo está como mi imaginación lo grafiteara en mi mente, ni siquiera la cabeza que compartía con mis hermanas se ha salvado de tanta humillación y derrotismo.
Presiento un nuevo amanecer para su causa perdida. Una transición que le devuelva el esplendor de antaño. ¿Tal vez un… renacimiento?

Pepita Sánchez
Grupo B


Dos

El Sol del atardecer hería sus pestañas, así que decidió dejar de mirar al horizonte y giró su cabeza hasta ver las canas de su padre

-¿Papá?
-¿Sí ,hija?
-Un suave y frío viento recorría su ajado rostro.
-Te propuse este viaje en globo, porque siempre has pasado malos ratos volando y pensaba que así, poco a poco, lo asumirías de otra manera.
-Pues has acertado, Virginia. Por un momento me olvidé de que estaba en el aire, del globo, del viento. De lo que no me olvidé es de que estaba contigo.

Virginia lloró por dentro. Nunca su padre le había demostrado su amor de esa forma.

Ricardo Paternina
Grupo A

Cantos de sirena

El lunes pasado sonaron las alarmas en la Biblioteca de la Casa de las Conchas y pudimos oír las sirenas. Fue solo un instante pero el afinado canto de las sirenas envolvió de misterio la biblioteca. Hay quien señala a alguna de las bibliotecarias como las responsables de ese canto embaucador. ¿Ensayaban alguna canción para una fiesta?
Pero la mayoría de los testigos señalan con su dedo índice a la Sala de Fondo Local como el lugar de donde procedía tan extraño canto. ¿Qué ocurrió allí dentro?




En realidad las únicas sirenas que vimos fueron las que nos trajeron los cuentos de David Lagmanovich, Rafael Pérez Estrada, Clara Obligado o Gabriel García Márquez, entre otros muchos.
Pero, ¿existieron realmente las sirenas? Joan Foncuberta casi nos convence de que sí en el año 2002 con la exposción que realizó en esta misma biblioteca sobre "La sirena del Tormes". En aquella muestra pudimos ver los restos fósiles de tres sirenas (hydropithecus fontanus) de la especie Tormelensis hallados durante una prospección arqueológica en el Cerro de San Vicente, muy próximo al río Tormes. La muestra se completaba con una separata en la que se recogían las Actas del III Congreso del Instituto Europeo de Paleo-Antropología.




Después de aquella muestra yo no me atrevería a señalar categóricamente que las sirenas son únicamente producto de la mitología, la leyenda o la literatura, lugares donde sí existen.
Y no es precisamente una especie en extinción. Prueba de ello son los muchos microrrelatos y cuentos que hablan de estos seres.

Recogemos aquí varios textos. El primero de David Lagmanovich donde se nos presenta a unas sirenas de ciudad, "Sirenas emigrantes":

De su isla maravillosa las sirenas emigraron a la ciudad, donde los hombres no comprendieron su naturaleza mágica. Por eso dieron su nombre al ulular inmisericordioso de los coches policiales, mensajeros de todas las desgracias. Las verdaderas sirenas, que en pro de la convivencia entre minorías ya habían eliminado sus colas de pez, quisieron evitar ser delatadas por su canto. Desde entonces se mantienen silenciosas, viven en casas de departamentos y aportan a la Seguridad Social.

El segundo texto sitúa a una "Sirena negra" en las cloacas y sumideros de Nueva York. Su autor, Rafael Pérez Estrada:

En las alcantarillas y cloacas de New York, entre caimanes y cocodrilos hechos a la noche perpetua de las humedades, vive, en peno siglo XX, la más hermosa de las sirenas. Nacida de una mitología en la que el poder, la acción y la aventura juegan un papel muy importante, la sirena negra profundiza el gran silencio de la ciudad. Sus ojos brillan blues y sus caderas balancean el calor de una caricia imposible. De igual manera que sus hermanas de la Grecia antigua, gozan de un canto sensual muy convincente que atrae a los solitarios a sus trampas cónicas como las de las hormigas leonas. Satisfecho el rito de la muerte, estos seres lanzan gritos de desesperación y locura, palabras en apariencia inconexas que, sin embargo, hablan de una luna que ellas nunca verán, de un planeta distante que orienta las horas del amor a quienes lo contemplan.

¿Quién no conoce la canción de Fito en la que nos habla de una sirena de esas que dicen te quiero si ven la cartera llena? Un pequeño recreo musical




Clara Obligado nos habla de una jovencísima sirena que se exhibía para venta al público en la pescadería de un mercado, tal vez en Madrid. Un fantástico cuento titulado "La sirena" en el que la poesía difumina ligeramente la brutalidad que muestra:

El pescadero exhibía una sirena dentro de una pecera. Ella, ajena al tumulto, masticaba con sus dientecillos afilados peces de plata que el hombre lanzaba de tanto en tanto al tiempo que gritaba: ¡compren, compren una sirena, la única en el mercado!

–No le da vergüenza? –dijo una mujer–. ¡Vender a esa pobre chica!
–¿A cuánto el kilo, jefe?
–Se la pongo más barata que las sardinas…
–¡Mamá, mamá cómprame ese pez!

Con displicente impudicia, la sirena exhibía su torso de diosa mientras abría las valvas de un marisco palpitante: brillaba la cola de plata donde un rebullir de escamas se entretejía con algas.

–¿Y por qué la vende?
–¿Muerde, mamá?
–Estoy cansado de ella: no hace más que comer, bañarse y dormir. Además, no habla. Y por las noches…

La sirena lanzó una mirada de indiferencia. No parecía tener más de quince años.

–Pues quiero la mitad: la de arriba.
–El kilo de mujer es más caro. Mire, mire qué cuerpo, qué cara. El pescadero afilaba su cuchilla.
–No sea animal, ¿no pensará mutilarla?
–Es usted un cerdo, una bestia.
–Señoras, largo de aquí. Me están estropeando el negocio.

Ahora la sirena mordisqueaba un salmón. Por encima de la carne desgarrada su mirada lasciva recorría a los compradores como si comprendiera –en su desdén infinito– su superioridad de diosa. El pescadero la miró y pareció reflexionar.

–Venga, basta por hoy, fuera todos: no la vendo. Al fin y al cabo, es mi mujer.
–¡Mira que casarse con un pez!
–¡Con una menor!
–Qué precio para el pescado. Habría que denunciarlo.

Tendida sobre el género, la sirena estiró su cuerpo como si quisiera ofrecerse a todos los hombres del mundo. De pronto, comenzó a cantar. Una batahola marina, casi un hedor, punzó el mercado, escoró en los corazones, y, por un momento, todos los hombres la desearon. ¡Amar a una sirena, naufragar en su abrazo! ¡Oh, el remolino, la ola, la intensa marejada!

El pescadero estaba cerrando la tienda y no bien desapareció tras el cierre de metal se oyó un bramido, el sonoro aletear de la cola de pescado, un rebullir de escamas y jadeos húmedos. Luego, suspiros de hombre que estremecían la promiscuidad de las frutas, las carnes exhibidas. Por fin, la pleamar del silencio.

–Pobre chica –dijo una señora mientras se alejaba del puesto arrastrando el carrito de la compra–: ¡Hacerlo con un animal!


Y, por último, una historia de Gabriel García Márquez titulada "La sirena escamada" en la que nos habla de otra joven sirena, en este caso paralítica y soltera:

La sirena era una criatura que tenía de mujer lo menos útil y de pez lo menos aprovechable. En vista de lo cual, no hubo otra alternativa que dejársela a los poetas, las únicas personas capaces de sacarle algún partido a un ser que no ofrecía ningunas perspectivas ni como esposa amantísima ni como complemento del almuerzo. Una sirena, por su lado humano y desprovista de la fronda retórica, no sería sino una buena señora en una silla de ruedas. Se le vería salir al parque, en las tardes de diciembre, a tomar el sol, después de una larga temporada de vacaciones en la alberca del patio. Miraría con tristeza a los niños en sus triciclos o en sus patines y apenas con un resentido sentimiento de superioridad a las damas que, en un banco, estuvieran remendando las medias. La sirena sería una solterona inválida, a quien el estado debería compensar con una pensión mensual la desgracia de ser mujer hasta donde no vale la pena y de ser pez desde donde serlo empieza a ser un serio inconveniente. A los dieciséis años, se le vería pasar en su silla de ruedas, cubierta de la cintura para abajo con un edredón a cuadros, y se diría: “¡Qué lástima, ser inválida con esa cara!”.

Y al fin y al cabo, castigada por su femineidad cerebral, se le vería morir de desesperación e impotencia frente a una zapatería. Si se considerara por el lado contrario, como pez, la sirena sería completamente inoperante. Sería lo suficientemente inteligente como para no morder el anzuelo y lo suficientemente torpe como para sentarse a cantarle a los navegantes, sin tener en realidad nada efectivo que ofrecerles. Con semejante inutilidad, lo más prudente que habían podido hacer era lo que hicieron: desaparecer. Ahora se informa, en un cable fechado en Viena, que por aquellos lados nació una criatura que al menos en su conformación anatómica era una sirena. Cabeza, brazos y pecho de mujer y cola de pez. Claro que no respiró un solo segundo el aire de los mortales, sino que se vino prudentemente muerta desde su oscuro período pre-natal. Pero de todos modos, cumplió a cabalidad con todos los requisitos que en los tiempos modernos debe llenar una sirena que se respeta: tener medio cuerpo de mujer, medio de pez y estar muerta. Lo demás lo harán los poetas. Y después de todo, por muy mal que lo hagan no tendría nada de extraño que lo hicieran mejor que ciertos columnistas de periódico que una tarde cualquiera se sientan a escribir sobre las sirenas, y no logran hacer ni siquiera una nota mediocre.


Cerramos este breve repertorio de textos y canciones sobre sirenas con un tema recurrente en el folklore marítimo, en este caso una leyenda asturiana sobre un pescador y una sirena:





Propuesta de escritura:
Escribe un texto, en verso o prosa, sobre una sirena. Puede ser una sirena de mar o una sirena de ciudad, como prefieras. O incluso puedes jugar con la polisemia de la palabra sirena en un mismo texto. Ojo con los cantos de sirena.

Y estos son algunos de los textos recibidos hasta ahora:


Sirenas gallegas

Galicia, siempre ha sido una región que me ha sorprendido y apasionado cada vez que he pasado por sus pueblos y sus costas, bien haciendo el camino de Santiago o de vacaciones con la familia, visitando sus ciudades, probando su gastronomía, hablando con sus gentes.

Pero me llamó mucho la atención la historia que contaba un marinero octogenario, en un bar perdido, en un pueblo perdido, por la zona de Finisterre, en la llamada costa de la muerte. Al hombre se le notaba se había pasado un poco tomando albariños de la zona, pero contaba algo que le había sido contado a su vez a el, cuando marisqueaba por dicha costa.

Los compañeros de faena, manifestaban haber visto entre las rocas, mujeres nadando y cuando salían del agua y se subían a un peñasco, tenían cola de pez.

Otro marinero que oía al que nos lo contaba, se acercó a nosotros e intervino en la conversación, si bien antes solicitó al camarero una jarra de albariño y unos vasos para compartir, pues el tema iba para largo.

Empezó enumerando todos los faros que había a lo largo de la costa de la muerte, la distancia en que se encontraban cada uno de ellos y los nombres de las personas que vivían solitariamente en ellos, haciendo especial mención, al faro de Fisterra, y la historia de un tal Anxo, que vivió hace unos cien años, casado con Adela, de la que decían era una meiga, con poderes sobrenaturales.

Anxo, gallego, guapo, embaucador como el que más, le gustaban mucho las mujeres, y sobre todo las turistas a las que se ofrecía para todo.

Su mujer, Adela, gallega, más lista que Anxo, le dejaba hacer, hasta que le sorprendía con otras, y sin decirle nada, cada vez que le engañaba, al día siguiente al bañarse con las turistas en el mar, estas aparecían con cola de pez en vez de sus piernas; las mujeres avergonzadas se refugiaban entre las rocas para que nadie las viera, y así fue como se formaron colonias de sirenas a lo largo de las costas gallegas, con mujeres de muchos países, rubias, morenas, incluso negras.

Los pescadores que faenan por la noche, dicen escuchar voces en varios idiomas que salen del mar : “Anxo donde estás”, “Onde estás, Anxo” , “Where are you, Anxo” “Oú se trouve Anxo”

Luis Iglesias
Grupo B


Descubierto

Fue un mal trago; al peor enemigo no se le desea, te dan ganas de morirte. Estás en lo mejor de lo mejor y de pronto se abre la puerta y... ¡Encarna!, Encarna hecha un basilisco. Encarna, mi esposa, todavía la llave del apartamento en su mano, cualquiera sabe de qué medios se habría valido para conseguirla. Y que quién era esa zorra que estaba conmigo en la cama.

Podemos imaginar la escena. La sirenita se incorpora dando el grito de rigor, tratando de cubrir sus encantos con la sábana. Y al destaparse de abajo, Encarna, unos ojos como platos.

Por suerte yo siempre fui de no aturullarme, aunque esté mal en mi el decirlo. Determinadas situaciones no se arreglan si no tomas una decisión valiente y al momento: aunque lo piensas y qué otra solución cabía. Resultó duro, claro que resultó duro, toda renuncia supone un dolor, pero no había otra que pedirle que se marchara. Y que habíamos terminado. Suavizando, eso sí, argumentando que lo nuestro había sido hermoso mientras lo había sido, pero que lo entendiera, que todo amor tiene la duración que le es propia.

La acompañé a la puerta y una vez ella fuera cerré con un portazo.

Siempre hay cosas que parecen el fin del mundo y resultan luego no ser tanto. No me canso de recordar la entrega de la sirenita una vez vuelta la paz al apartamento. Una delicia el modo como dejó caer la sábana. Y qué dulzura en el decir: «¿Por dónde íbamos, cielo? Bueno, y si no, empezamos de nuevo, ¿te parece?».

Pascual Martín
Grupo B


La sirena azul

Aún recuerdo mi llegada a Madrid. Miles de curiosos se agolpaban en el aeropuerto para verme. Cientos de periodistas, fotógrafos y Cámaras de televisión acreditados se empujaban y apretaban para poder filmarme. No en vano era la primera sirena en España y la tercera en el mundo. Eran otros tiempos, tiempos gloriosos: platós de televisión, titulares en los periódicos mas importantes del mundo, posados para los mejores fotógrafos y directores y dinero, mucho dinero. Pero todo pasa y la fama empezó a ser un recuerdo. Las sirenas dejamos de ser una especie rara de ver, cada vez éramos más y no era extraño encontrarnos por la calle. Yo había sido la primera y aún mantenía cierta fama. Participé en” gran hermano “ y en” supervivientes”, fuí tertuliana en salvamé e incluso hice algún montaje con algún actor de medio pelo. También esto se acabó y terminé haciendo bolos por pueblos de mala muerte hasta dar con mis huesos ( y mis espinas ) en un club de la carretera de Andalucía que irónicamente se llama LA SIRENA AZUL.

Poli Rubia
Grupo A


Sirenas

Un día me fui a bañar,
fui a nadar en el mar,
a lo lejos algo vi brillar.

Me acerqué con cautela,
en busca de aquella estela,
hay estelas en la mar.

Al acercarme me pareció ver,
un hermoso torso de mujer,
pelo negro y espalda plateada,
que con el sol se me antoja dorada.

Me acerco mar adentro,
algo irresistible me atrae,
estoy cansado pero no me importa,
quiero acercarme a aquel ser.

Pase lo que pase lo quiero ver,
quiero descubrir si es verdad,
aquello que nos han contado.

Mil historias hemos leído,
pero ninguna la hemos vivido.

Yo quiero llegar hasta el final,
quiero descubrir la verdad,
aunque me tenga que ahogar.

Me acerqué exhausto a su lado,
me miró y me sonrió,
después dio la vuelta y se zambulló,
mostrando su preciosa cola plateada.

Es verdad, existen, yo la he visto!
les dije a los del salvamento marítimo.
Está delirando, escuché decir,
pero para mi existe.
Existe, pues yo la vi.

José Luis Juan Fonseca
Grupo A


Al tañer la lira
El libro de la historia de los naufragios, cuenta por cientos sus páginas y por miles, pueden contarse los náufragos.

Perdida en la crónica general de los hundimientos, está la personal historia de cada uno de los hundidos, su singular y pocas o ninguna vez escuchado relato.

El mar guarda celosamente sus secretos como custodia asimismo, los de aquellos solitarios que a él se confiesan mientras, desde la orilla de una playa inhabitada o desde lo alto de alguna roca, en un remoto acantilado; contemplan su profunda y azulada inmensidad.

Allá, en una de estas rocas que la naturaleza tan bien dispuso como asientos desde donde el inmenso océano pudiera ser admirado, se encontraba una tarde un hombre abatido que, a la vista de aquel mar sin fin, se sentía el señor de los fracasos: el náufrago entre los náufragos. Su alma, dolida. En su pecho, un gran vacío. Ante él, esa líquida vastedad confundiéndose con el cielo en el horizonte. A su lado, una lira.

En aquel momento, sentía la necesidad imperiosa de expresar con palabras cuantos pensamientos bullían en su cabeza y todo el sentir que se agolpaba en su corazón, para así dar forma a su dolor y a su frustración y soltarlos. Pero se sentía incapaz e intentó consolarse de la única forma que sabía hacerlo... En un acto casi reflejo, cogió el instrumento y comenzó a tocar una triste pero bellísima melodía.

Varada entre las rocas, se encontraba una sirena que, afanada en la tarea de intentar volver al agua, no había reparado en la presencia de aquel humano pero que, de repente, sintió como si el vaivén y el rumor de las olas se hubiera detenido. Tan sólo percibía el sonido de aquella música. Todo cuanto la rodeaba parecía estar suspendido envuelto entre aquellas notas.

Fascinada e inmóvil, captó entonces el dolor de aquel alma presa en aquel hombre, que pugnaba por salir a través de aquel son y que fluía entre sus dedos y las cuerdas de la lira. Y fue entonces, cuando en medio del asombro, comenzó a cantar la más bella canción jamás escuchada.

Tras un breve silencio, música y voz sonaron acompasadas mientras poco a poco volvía a oírse el sonido de un viento leve y el ahora suave murmullo del mar.

No fue consciente la sirena del momento en que logró liberarse de entre las rocas. Tampoco el hombre recordaba el punto exacto en que se tornó alegre su corazón triste. Sólo supo que había encontrado para su música el canto.

Desde entonces, todos las tardes regresa al acantilado, se sienta en la misma roca y escucha la letra de esa canción que en cada atardecer, retorna envuelta en la brisa marina y se sumerge en el tañer de su lira.

Mercedes González
Grupo A


SIRENA DE WATERHOUSE (pintor de comienzos de siglo XX)

Blanca, como sin vida, encarnas la belleza más espléndida.
No tienes piernas trotadoras que contaminen tu marcha por el mundo.
Posees la hermosura que se agota en sí misma.
Como gata huidiza, misteriosa y oculta entre las rocas.
Sabes que no vendrá, y peinas incesante tus cabellos.
Ofreces perlas que pocos buscan hoy.
Sólo el mar te comprende.

Emilia González
Grupo B


La Verdad de Alicante, noticias.

En el atardecer de ayer en la playa de La Mata, dos niñas de seis y siete años desaparecieron en el mar, jugando junto a unas rocas, una repentina corriente las atrapó, pareció como si hubiesen sido absorbidas por el mar. Estos eran los comentarios de la gente que se encontraban allí y no pudieron hacer nada por salvarlas. Los dispositivos de salvamento están rastreando la zona en busca de los cuerpos.

-Mamá, ¿ esos niños irán al cielo?, mamá ¿se los comerán los peces?-
-Mamá, mamá…

Y aquella mamá junto a aquellas rocas, abrazándoles empezó a hablar:

En el fondo del mar vive el Rey de los mares, el rey Neptuno

-¿El de la fuente del Atlético?-
-Calla, sigue mamá-

Tiene un precioso castillo, paredes, techos y suelos de corales, caracolas, algas, muebles de nácar, rodeado de amplios jardines con estanques donde los peces de colores se alinean para formar el arco iris. Por los jardines y estanques juguetean sus hijas, las sirenitas, tenían prohibido salir de aquel entorno, solo lo hacían cuando iban al colegio, “al colegio del fondo del mar”, “el que más escribe es el calamar”, Gloria Fuertes lo conocía, ellas preferían hacer ballet sincronizado.

Agláope, la más bonita de todas, era una sirenita traviesa y muy curiosa, sentía la necesidad de salir de aquel mundo, a pesar de la belleza de sus plantas, de sus montañas, ella pensaba que más arriba habría otro lugar con más luz que quería conocer, y un día burlando a los guardianes, pez espada pez sable y carabineros, montada en un caballito de mar empezó a subir, subir, subir.

El sol sobre sus cabellos los convertía en hilos de oro, aquellas niñas que chapoteaban en aquel lugar quedaron deslumbradas y se aproximaron a ella, le invitaron a jugar, ella no emitía palabras eran unos sonidos que más y más les atraía, se lanzaban la pelota, compartía sus juguetes, se sentían felices junto a ella. Mas de pronto hubo un remolino y se fue nadando. Su padre al darse cuenta de la desaparición, mandó a buscarla. Aquella niña de cara de nácar y pelo de oro no volvió.

La sirenita enfermó de pena, quería volver a ver a sus amiguitas, el padre envió a por ellas y, con un traje de escamas fueron llevadas al palacio del Rey del mar.

La mamá consiguió que sus hijos no tuvieran pesadillas.

Inés Izquierdo Pérez
Grupo A


El recogimiento de las sirenas

Era joven y bello. La criatura más hermosa que jamás yo haya conocido. Pero una mañana, al traspasar la puerta de su celda, lo encontramos muerto.

Su cuerpo semidesnudo no presentaba, en apariencia, signos de violencia alguna. Ni un golpe. Ni el más mínimo rastro de sangre. En su rostro, una expresión tranquila. En sus ojos, un brillo intenso. Sus manos, en actitud orante, ¿o era súplica?

Que Dios Nuestro Señor, omnipotente y misericordioso, se apiade de su alma.

Meses atrás de aquel trágico acontecimiento que nos sobrecogió sobremanera, pudimos observar en él comportamientos que no encajaban en la rutina que invadía nuestra casa; rutina, por otra parte, que nos protegía de cualquier tentación malsana. El cumplimiento estricto de la regla era, en este sentido, nuestra seña de identidad.

Por las mañanas, en el rezo de Maitines, debíamos esperar unos minutos por él para poder comenzar. Llegaba azaroso, la respiración entrecortada, el hábito desajustado, una expresión mística en su rostro fuera de lo habitual, babas corriendo por la comisura de sus labios, un brillo encendido en su ojos –el mismo de la fatídica mañana de su muerte-, y, lo más sorprende, un olor extraño, lejano, mezcla de algas marinas, salobre y un aroma que yo bien conocía y por el que me flagelaba cada noche por lo que tenía de pecaminoso.

Durante las comidas, en el refectorio, se mostraba ido, la mirada perdida. Ignoraba las más de las veces las legumbres, verduras, frutas… que, con fraternal afecto, el hermano Andrés depositaba en su plato. Si le tocaba leer aquellas vidas de santos que tanto nos reconfortaban mientras ingeríamos los alimentos que Dios Nuestro Señor tenía a bien concedernos, se trastabillaba o bien silenciaba su lectura de repente dejando pasar largos minutos sin pronunciar palabra alguna.

Durante el resto de nuestras horas canónicas, momentos en los que se nos permitía la lógica proximidad física que requiere el momento –siempre desde el silencio y la oración como elemento purificador ante cualquier pensamiento malsano-, el hermano Narciso se mantenía en actitud –estado, más bien- de ausencia. Ausencias cada vez más y más prolongadas que llegaron a producirle, en más de una ocasión, la pérdida absoluta de conciencia.

Ya al anochecer, en la hora de Completas, sin embargo, sus síntomas eran claramente de ansiedad y nerviosismo. Hasta tal punto que, en más de una ocasión, pudimos ver cómo abandonaba con rapidez la iglesia y, a paso ligero, arremangándose el hábito, abría la puerta de su celda para cerrarla con violencia tras de sí con un golpe seco y estruendoso que restallaba en medio del silencio de aquel lugar santo.

Una noche, aun a riesgo de provocar el enfado –merecido, por otra parte, bien lo sabe el Señor- de nuestro padre prior, me acerqué hasta su celda. Con sigilo pegué mis oídos a la puerta y pude escuchar voces proferidas en una lengua extraña y jamás antes oída. Eran voces agudas, afeminadas, lascivas. Voces cargadas de una sensibilidad tal que en más de una ocasión sentí un deseo enorme de traspasar aquella puerta y unirme a algo que intuía prohibido y merecedor del castigo divino ya que, instintivamente, yo sentía cómo ese miembro que los hombres guardamos entre las piernas y ocultamos por temor a ofender al prójimo y a Dios Nuestro Señor, se enderezaba y, enhiesto, reclamaba satisfacer el pecado.

Pasaba el tiempo y veíamos cómo el hermano Narciso se iba consumiendo en su cada vez mayor ausencia de todos, de todo y hasta de sí mismo. No comía, apenas dormía –habida cuenta del ajetreo que yo imaginaba se producía cada noche allí dentro, en su celda-. Descuidaba su higiene hasta tal punto de que el olor que desprendía su cuerpo era nauseabundo, insoportable; un castigo para los que, por circunstancias del rezo, nos veíamos en la obligación de estar próximos a él.

Y así fueron transcurriendo las semanas, meses, incluso, hasta que aquella mañana, extrañados todos por su tardanza exagerada a la hora de Maitines, nos acercamos, prestos, a su celda y descubrimos lo que ya he descrito.

El padre prior, la nariz tapada ante la marea de aromas imposibles que merodeaban la estancia, fue quien primero se acercó al cuerpo inerte de nuestro querido hermano. Volvió la cabeza hacia nosotros -quién sabe si por asco, por respeto o con actitud de súplica y relevo- y, con los dedos índice y pulgar de su mano derecha, fue descubriendo con lentitud exagerada las sábanas que cubrían la mitad del cuerpo –de cintura para abajo- del hermano Narciso.

Juro ante Dios Nuestro Señor que lo que voy a describir es justo lo que mis ojos vieron en aquellos instantes –cortos, sí, pero eternos para nuestros corazones-.

La sábana bajera estaba cubierta de una capa de escamas que parecían navegar sobre un líquido oscuro, viscoso y espeso. Algunos pececillos movían, serpenteantes, sus cuerpos. Otros, por el contrario, los ojos saltones, permanecían inmóviles. Algas de un verde oscuro, diseminadas aquí y allá y entre las que podían verse algunos pequeños moluscos. ¡Espantoso! ¡Espantoso!, era lo que nos decíamos con la mirada los hermanos presentes mientras el padre prior, puesto de rodillas, escupía latinajos imagino que en un intento de ahuyentar cualquier poder maléfico que pudiera acechar aquel lugar.

Me llamó la atención que la ventana, a pesar de la gélida temperatura de aquella mañana, estuviera abierta. Me acerqué movido por un impulso irreprimible y pude ver cómo una soga se desprendía hasta el acantilado que, a los pies de nuestro monasterio, daba acceso al mar que tantas y tantas veces yo contemplaba también desde mi celda.

Y lo entendí. No así el resto de los hermanos, creo yo. Porque -e imploro piedad aunque acepto el mayor de los castigos por lo que voy a desvelar- yo sabía de la existencia de unas criaturas marinas, hermosísimas, cuyos bellos cantos cautivaban a los hombres hasta el punto de que estos llegaban a perder la razón y actuar a merced de la voluntad de aquellas criaturas. Había leído todo lo que acerca de ellas aparecía en los libros custodiados en aquella pequeña sala, dentro de nuestra biblioteca, destinada, precisamente, a los libros prohibidos. Unos libros guardados celosamente, bajo llave, y a los que tan sólo los priores del convento tenían acceso.

Todos los priores… y yo.

Una noche, al poco de ingresar yo en aquel convento, recogidos todos, cumplidos ya los oficios de alabanza a Dios Nuestro Señor, en ese estado de indecisión entre la vigilia y el sueño, me pareció que alguien golpeaba despacio la puerta de mi celda. Dudé y pensé: “nadie puede a estas horas salir de su celda y menos merodear por el convento” por lo que cerré los ojos achacando aquello a la mera imaginación y me dispuse a dormir. Pero, en breves segundos, el mismo sonido confirmó mi primera impresión y, no sin cierto temor, me levanté y abrí la puerta muy ligeramente. Era el padre prior, quien, con gestos y ademanes bondadosos me incitaba a que le invitara a pasar. Lo que ocurrió allí dentro, y que se repetiría cada noche, es algo que solo Dios Todo Poderoso sabe y por lo que seré castigado en la vida eterna. “Pídeme lo que desees dentro del recinto de este monasterio y yo te le concederé”, me prometió. Y entre los deseos, uno fue aquel: las llaves de la sala de los libros prohibidos. Yo sabía que, habida cuenta de que el padre prior era más dado a otro tipo de placeres muy diferentes a los de la lectura y el conocimiento, me convertiría, de ese modo, en el único miembro del convento que disfrutaría de aquellas lecturas prohibidas.

Pero la historia trágica acaecida en nuestro convento altera, según mi punto de vista, todo lo que cuentan, y que leí, acerca de las sirenas. Es la historia al revés.

Tal era la hermosura del hermano Narciso, era tan bello el canto que los monjes entonábamos en alabanza al Señor, que aquellas criaturas, doncellas hermosas con cola de pez, al escucharnos, se sintieron atraídas, hechizadas por nuestras irresistibles voces y, olfateando la beldad que nuestro hermano desprendía a su paso, treparon hasta nuestro convento y satisficieron sus deseos con tanto ardor, con tanta pasión que acabaron con la vida de Narciso.

Desde entonces, cada noche, después de las Vísperas, desde el recogimiento de las celdas, se oyen voces, cantos quejumbrosos, lamentos y un ruido áspero como de cuerpos arrastrándose sobre el adoquinado del claustro. Nadie sale de sus celdas. Ni siquiera el padre Prior se atreve ya a visitarme. Mientras, yo espero en la soledad de la noche que alguna de esas hermosas criaturas trepe a lo largo de la soga que he descolgado desde mi ventana hasta el acantilado, entre en mi celda y, entre sus brazos, como le ocurriera al hermano Narciso, me ayude a encontrar la felicidad eterna.

José Manuel Romero
Grupo A


Sirenita de papel

Sirenita, sirenita,
no mojes tu lindo cuerpo,
vuela con tus alas blancas
hasta llegar a mi encuentro´

No cantes frente a mi casa
que enamorado me encuentro,
temo caer en tus brazos
y morir en el intento.

La sirena de ambulancia
anuncia que alguien va dentro,
un enfermo con dolores
que pide ayuda al momento.

Sirenita, tu le cuidas
recitándole unos versos
para sentirse mejor
con el médico del centro..

¡Qué alegría en tu mirar
por haber hecho algo bueno!
El paciente, agradecido,
se siente menos molesto.

Sofía Montero García
Grupo B


Musas en la laguna

Ayer paseando por la zona de los PINOS, en mi pueblo, iba recordando esa etapa de joven adolescente, soñadora y muy dada a imaginar y fantasear. El entorno estaba cubierto de nieve, las cunetas algunas aún no habían sido pisadas y la sierra tenia un hermoso manto blanco. Hacía tiempo que no tenia tanta nieve.
El aire frió, limpio y sin contaminación perceptible,ahora no había ninguna chimenea cercana que lanzara humo de ningún hogar las viviendas, estaban todas cerradas, no había habitantes humanos.
Llegue a la fuente de las hojas, así la conocíamos el grupo de los soñadores de las lagunas,que todos los sábados en verano subíamos a darnos unos tonificantes baños en sus frías y limpias aguas.
Desde ese lugar salían 5 senderos, elijo el más suave, los años y kilos de más, me obligan a ser más precavida, no he caminado ni 30 metros y percibo unas huellas, no son de pisada humana, parecen aletas,como las que utilizan en el mar, los submarinistas, sigo caminado, la nieve esta dura, sin pisar salvo las huellas que sigo encontrando y las que yo voy dejando. Compruebo que no son raquetas de nieve. Temor y curiosidad también, me animan a seguir, cuando estoy llegando al llano de la primer laguna, percibo la silueta de algo que se introduce rápidamente en sus frías aguas, ó eso me ha parecido ver.
De pronto una fuerte ráfaga de aire y numerosos pájaros inician su vuelo sobre la laguna. Por fin llegué al borde, y un estremecimiento hace que me pare ante ese lugar, que tiene algo de misterio, esta tarde limpia y fría de enero. Contemplo y me pregunto, ¿estará esta laguna ahora habitada por musas de montaña?

Josefa Agustín González
Grupo B


Soneto de Ulises y la sirena

Era una bella sirena varada
y un marinero en su pasión anclado,
en aguas del deseo atormentado,
una pena de amor nunca olvidada.

Ninfa que canta a su esquivo amado,
y el navegante en pos de su llamada,
surcando tras la estela enamorada,
en marino horizonte desolado.

Nereida entre la espuma y el coral,
en océanos haremos nuestro hogar,
nuestra pasión eterna y abisal.

Dame tu rumbo para naufragar,
deriva hacia mi Ítaca final,
insondable el amor, oscuro el mar.

Ignacio Aparicio Pérez-Lucas
Grupo A


Nana

Tres sirenitas tiene mi cama.
Tres sirenitas que me acompañan.
Una me inspira,
otra me tapa,
otra me duerme con una nana.
No desesperes vete con calma.
Oye sus cantos cuanto te hablan.
Tres sirenitas tiene mi cama.

Luisa Sánchez Mayorga
Grupo A


Otra sirenita

El tambor en vez de arpa la sirenita tocaba.
Diferente se sentía y también enamorada
de aquel pescador hermoso que de lejos la miraba,
con aquellos ojos verdes
de color de la esperanza.
Sus cabellos plateados
que la luna reflejaban.
Sus hermanas se reían,
la población la humillaba,
pero a ella la aburrían
aquellos cantos sin alma.
Sus alas se redujeron,
sus manos acariciaban,
sus escamas son pendientes que le adornaban su cara.
Se convirtió en una diosa.
Afrodita la llamaban

Luisa Sánchez Mayorga
Grupo A


La sirena que acabó con los cantos de sirena

La verdad, es que no aún no he podido saber cómo llegó al Parlamento. Su cuerpo estilizado, embutido en un tejido escamoso, le permitió escurrirse entre sus señorías y demás marabunta de periodistas y correveidiles que a esa hora llenaban los pasillos. Se celebraba una importante sesión parlamentaria sobre el estado de la nación.

Tumbada en la alfombra, esperó su momento. La sala estaba tan acostumbrada a sus cantos, que si alguno de nosotros llegaba a divisarla, lo consideraría normal, pues formaba parte de la casa.

El presidente nos aburrió desde el estrado, a un hemiciclo de por sí aburrido, con un discurso lleno de bonitas palabras, promesas, pero nada convincentes, demasiados cantos de sirena para un país necesitado de un discurso ilusionante.

Nada más bajar el presidente, subió la sirena. Pidió permiso, comenzando un discurso, que en pocos minutos nos despertó del letargo presidencial. Muchos estábamos adormecidos con los cantos de sirena escuchados con anterioridad. Flipamos al escuchar propuestas realistas para un país en crisis, empezando por desenmascarar a tantos políticos corruptos. Había entrado aire fresco, traído desde mares lejanos.

Muchos estábamos confundidos, no dábamos crédito a la sirena parlamentaria, después de haber recurrido tantas veces a sus cantos para echar por tierra argumentos rivales. ¿Era verdad o aún soñábamos?

De repente, sonó la sirena, nos anunciaban por megafonía que tocaba desalojar el parlamento, había amenaza de bomba. Se esfumaron los cantos de la sirena de verdad.

Antonio Castaño Moreno
Grupo A


Virtuosas de la música

El concierto había sido un éxito. Había sobrepasado el techo de cuantos interpretara la orquesta hasta el momento, sin embargo, Mariela aún se encontraba conmocionada por lo sucedido aquella noche.

Unos meses antes, y tras tocar aldabas de personas con prestigio en el campo musical, conseguía ser admitida en la Gran Orquesta Filarmónica Femenina más hermética e importante del mundo. Aportación a esta entidad musicóloga sustanciosa, ya que de facto, pasó a ser solista de violín. No hubo nube cenicienta que sobrevolara su felicidad, debido a la acogida dispensada por las compañeras. Acudía a los ensayos en silla de ruedas, alegando que la debilidad de sus piernas la incapacitaba para mantenerse en pie. Por ende, los ensayos eran escasos, ya que la profesionalidad de sus miembros se hallaba enquistada en el virtuosismo, y para ello se vestían de gala. Las intérpretes, de belleza hechicera, lucían como estrellas celuloidianas con sus trajes de cola. Cosa con la que la hermosa Mariela se solidarizó gustosa.

El día esperado llegó y con él los aplausos millonarios sobrevolando el teatro con su elocuencia abrumadora. Sesenta minutos de emoción que Mariela no pudo soportar, y en un impulso irreflexivo se levantó de la silla de ruedas con gran esfuerzo. Cayó al suelo como árbol segado en su base visible. Su vestido revoloteó quedando al descubierto parte de su anatomía inferior. Un murmullo de voces llegó a sus oídos ¡Ohhhhh! ¡Pero…si es humana! Susurraban las sirenas de la orquesta escandalizadas.

Pepita Sánchez
Grupo B


Escucha las sirenas

Existe una sirena sin cola de pez pero con escamas en las piernas. Su pecho es pequeño sin conchas que los vistan, solo tiene esparcido polvo de coral.
Existe una sirena de pelo color oro rojo con moluscos enredados en sus ondas deshilachadas. Caracolas, caballitos y estrellas de mar.
Existe una sirena que emite sonidos extraños, porque solo conoce palabras de delfín, mientras sus manos de dedos palmeados dibujan símbolos en el aire.
Existe una sirena que quiere abandonar el mar; la sal, la basura y la bravura del océano.
Existen las sirenas.

Sara Diego
Grupo A


Sirenas del Mar
Oigo la voz de una gran mujer.
En realidad es una sirena de mar
que se esconde debajo de su mirada
tan dulce.
Me quede perplejo con la voz
de una gran sirena que acabo de conocer,
En el mar nos topamos con varios marinos
oyendo el mar desde la arena.
Un día cualquiera, encontraremos a la muerte
en las grandes tierras.

David ÁlvarezGrupo B


Sirena de mar
Todas las tardes cuando caía el sol en la playa de Raso, Pontedeume (Coruña) cerca de Ares.
(Recuerdos de mi infancia y juventud) me encantaba observarla sentada en aquellas rocas
finales que sobresalen cuando la marea es baja. Sobre todo si son menos vivas.
Con sus largos cabellos morenos, sus ojos verdes.
Soy mujer pero a veces, también me atraía ella.
Cuando veía que yo me acercaba, solo me miraba.
Mi padre ni mi hermano ni mi tío se dieron cuenta nunca.
Yo buscaba el pez de aletitas de colores que tanto me gustaba.
Y el Lepadogaster Lepadogaster.
Ella me miraba y me observaba.
- ¿Y si te haces daño y te caes?- me dijo una de las veces- eres muy joven y bella.
Aquellas palabras las guardé antes de cenar.
- ¿Qué te pasa Iria?- me decía mi tío- estas en otro mundo.
¿ Y si la sirena estaba enamorada de mi?
De nuevo, la volvía a ver al cabo de dos días.
- Iria anochece vamos- la voz de mi padre sonaba a lo lejos.
La sirena me miró de nuevo.
- Debes irte, es peligroso- me dijo
No la dije nada, solo la miré.
- ¿ Porque no hablas conmigo?- me dijo al dia siguiente- ¿ me tienes miedo?
- ¡Que va!- la contesté- es que no estaba segura que fueras…
- Si lo soy.
A los dos días, salía en la Voz de Galicia la noticia.

Redacción: Ferrol
Ubicación: Playa do Raso, pueblo de Ares Pontedeume (Coruña)
Encontrada una mujer sirena que mantiene conversaciones con la gente que se acerca. No es peligrosa, no manipula.
Atte: Redacción gallega
Localización: al caer el sol, anochecer.

Me asusté teniendo la noticia en mis manos.
Cuando vine a casa, la recordaba.
Al año siguiente, volví a verla. Pero el siguiente desapareció.
Sin embargo, un día estaba buceando y me medio ahogué y fue ella, estoy segura quien me dejó en la playa al lado de mi padre.
Espero que su amor por mi dure siempre.

Iria Costa
Grupo B


Sobre tipos de sirenas

Andaría por los siete u ocho años y recuerdo que algunas noches , cuando despertaba temprano con la sensación de haber tenido un mal sueño, oía desde mi cama, la sirena de la vieja fábrica de hilaturas de San Jerónimo,( en mi Zamora natal), me parecía como el rugido aterrador de un monstruoso dragón , pero sabía que era una sirena, como las que anunciaban bombardeos y que ya había visto y oído en las películas en blanco y negro de la época, pero aun así, mi mente a esas horas jugaba a un totus revolutum entre lo irreal y lo tangible.

El resultado de mis ensoñaciones, hacía que se me antojaran antipáticos, el sonido y el momento y este especial duermevela que, me resultaba eterno y desasosegante, solo se desvanecía con la entrada de mi madre en la habitación para despertarme, tomar el desayuno y todos los demás menesteres previos a ir al colegio.

Creo que en aquellas mañanas, se gestó en mi interior un rechazo visceral por ese tipo de ruidos.

Cuando a lo largo delos años, hube de enfrentarme a las enfermedades de familiares, allegados y amigos y tuve que requerir la ayuda de los servicios de emergencias, el sonido de las ambulancias al llegar y partir con el ser querido, me recordaban, de alguna manera, esa sensación de cuando era niño, atemperado no obstante, por lo esperanzador del medio.

De aquellos tiempos proviene mi costumbre de musitar un deseo o ruego en mi interior, a modo de oración, para que tenga suerte quien dentro va, ritual que repito con las sirenas de bomberos.

Para esta clase de sirenas, no estoy bien predispuesto y si acaso alguna me cae algo simpática, es la de los barcos cuando anuncian su llegada a puerto.

Como siempre hay en la vida situaciones que refuerzan tus fantasmas infantiles, a mí me tocó, en las postrimerías de Junio de 1991, en las que, desoyendo los cantos de mi sirena por aquellas fechas, me planté en Liubliana, vía Viena, por el deseo de gozar de su compañía. Al poco de llegar a la ciudad, tuve que correr, tirando, casi arrastrando, a mi sirena, entre gritos en ignoto lenguaje y adentrarme en un refugio , mientras las otras sirenas, que anunciaban una incursión aérea Serbia, seguían sonando en el exterior.

Lo desilusionante es que, esta mezcla de sirenas, a pesar de lo que publicitara la épica romántica de las películas de guerra(tipo Casablanca y afines), no causan tantas emociones positivas, extra adrenalìnico incluido y si una tremenda incertidumbre, rayana al temor.

Decididamente, es preferible verlo sentado en la comodidad de un cine, a vivirlo (aunque sea abrazado a una preciosa sirena eslava) mientras oyes entremezclados, el ruido lejano de las bombas al impactar y el ulular de las sirenas antiaéreas. Hasta incluso dudé, de mi marcada orientación activo-participativa(en el terreno emocional) y hubiera preferido ser “voyeur”, en ese instante..

Mudé rápido(la edad), pues una vez pasado el miedo y cesado el ruido, mi sirena me recondujo a mis tendencias de forma abrupta, pero satisfactoria. Me quedó claro, que el peligro magnifica los deseos.

Cual si no hubiera un mañana
Sobre la faz de la Tierra,
Efímeros pero intensos
Son los amores de guerra

Había y he oído después , otros cantos de sirena, todos ellos complejos, inquietantes ,absorbentes, tóxicos e incluso vampirizantes, alguno de los que comenta Fito en su canción Soldadito Marinero y he maldecido a veces, no tener la cartera llena….para que solo se hubieran llevado eso.. en fin.

La diferencia entre ambos, es que los “sonidos “ de sirenas son desagradables pero insoslayables por su propia naturaleza física, pero los ”cantos”, son fruto de lo que cree y a veces quiere oír el Ulises de turno y mal empezamos, si con el fin de oírlos, consientes que te aten…….Mejor tapones de cera…¡¡ y a remar!!

Carlos García Riesco 
Grupo A