Paisaje y paisanaje en Salamanca

La sesión del día 17 de junio la dedicamos a Manuel Díaz Luis, escritor de la tierra que se definía así en las solapas de su libro Las aguas esmaltadas:

"Me llamo Manuel Díaz Luis y nací el 3 de junio de 1956 en Campillo de Salvatierra (Salamanca) a las ocho de la mañana (jamás he vuelto a levantarme a esas horas desde entonces). Empecé Historias y me cansé de la mía propia. Hice quinto de Psicología –hasta tres veces-, pero como el título se lo dan a cualquiera, a mí no me lo han dado todavía y en la actualidad no soy sino un paciente más de la metodología oficial. A juzgar por los dineros y las hambres, yo diría que soy escritor. Escribo porque está de moda y se lleva; además, los libros, todo hay que decirlo, adornan mucho. ¡Qué dirán las visitas!
Solo quiero añadir que, empezada en 1983, esta obra se fue produciendo durante los años 84, 85, 86, 87, 88 y parte de 1989, concretamente hasta el día 28 de junio 8san Ireneo), en que decidí ponerle el fin.
La novela no hubiese sido posible sin la luminosa inspiración de mis espíritus carnales de la Sierra de Francia –cuasi santos-, verdaderas musas que se me aparecían colgando de los techos de las tabernas y tabernáculos en forma de lenguas de fuego tinto”.


El crítico Santos Villanueva publicó una reseña sobre el libro Las aguas esmaltadas en el suplemento “Libros”, de Diario 16, titulada “Visiones de dos mundos” (pues comentaba también en el mismo texto la novela La isla del viento de Juan Luis Cebrián). Esto es lo que decía:

"Es el entorno inactual, primitivo, casi caricatura a base de querer convertirse en mítico, de un mínimo pueblecito salmantino allá por los años cuarenta. […]
Las aguas esmaltadas es la novela colectiva del vivir cotidiano de unos lugareños. Algo tienen de la literatura y el drama ruralista; algo, también, de la sucesión de historietas de sabor agridulce de la picaresca. Pero, en particular, es suma de excentricidades y bestialidades servida por tipos primitivos y energúmenos y adobada con gracietas lingüísticas o con pinceladas escatológicas: herencia clara del carpetovetonismo cultivado por Cela, de quien hay huellas en el estilo e incluso en el gusto por cierta onomástica (mozalbetes que se apodan Carnero Mocho o Burrablanca; adultos víctimas del martirologio como Adeodato, Orófila, Livino o Procopio)."


Pero hablamos también de uno de sus libros de poemas, Labor del hombre. José Luis Puerto, amigo y gran conocedor de la obra de Manuel, señala con relación a este libro:
"Se trata de un libro en el que se nos despliegan, de un modo lírico y muy puro, los signos cenitales del territorio primordial de Manuel Díaz Luis: la Naturaleza, la niñez, la geografía salmantina del sur (Monleón, la Sierra de Francia, Batuecas), los elementos cósmico (la luz, el viento, el agua…), ciertas claves religiosas, las estaciones, la familia (el abuelo, Marina…)…, es decir, toda la urdimbre en el que el poeta se reconoce y en la que teje su sentido vital, en busca de una plenitud, que él nombra en ocasiones como resurrección.
Y todo ello dicho con claridad, con sencillez, con naturalidad, sin rebuscamiento alguno, casi como si nos estuviera transmitiendo un mensaje al oído, a cada uno de nosotros a solas. Su orientación hacia lo popular le hace en ciertos poemas acudir a la asonancia, otros tienen la forma de la canción lírica y todos nos traen un aire fresco del que carece gran parte de la poesía actual. Por eso nos parece que Labor del hombre es un libro de poemas que no tendría que  pasar desapercibido, pues aporta un mundo y un decir infrecuentes en la poesía de ahora mismo."
Dejamos aquí unos poemas:

Valdrá la pena

Si no quedara nada para hablar
De lo que fuimos

Si la vida del hombre y su labor
Fueran baldías

Sólo por respirar en plenitud
Y haber amado

Valdría la pena ser abono y ser
Sustento y suelo

De otros que han de seguir 
         [los mismos pasos

Labor del hombre

Como ir abriendo puertas
Así es siempre al principio.
Como ir abriendo puertas 
                [al sol y a la mañana,
Al canto de los hombres,
Al mundo que se ensancha.

Siemrpe es así al principio, 
              [hasta que un día
El niño entra en el tiempo
-Conciencia de la muerte-
Y entonces no se puede
Volver, están cortados
Los pasos que anduvimos.
Todo ha quedado atrás y nos espera
Delante la gran puerta
Final, la más terrible.
Allí, ¿qué nos aguarda?

¿Y por qué esperar nada? Hay que llegar
Con la tarea cumplida
De haber amado tanto
Que nuestra recompensa sea la vida.

Y estos son los textos de algunos de los participantes del taller que decidieron explorar en sus recuerdos y hablarnos de personajes curiosos de su infancia o adolescencia.

Personajes típicos de mi pueblo

Recuerdo y he oído contar anécdotas referentes a personas que vivieron en mi pueblo, unas agrandadas y otras minimizadas, algunas trataré de narrarlas.
En todos los pueblos hay un tonto o más. En el mío, uno se llamaba "Manolín", se dedicaba a llevar agua en un carretillo con dos cantaros a las casas que se lo solicitaban. La fuente estaba en la plaza y casi siempre estaba por los alrededores, la gente cuando pasaba a su lado le decía algo, ! Manolín, hace buen día ¡, a lo que él les contestaba, ! Llevo ya doce viajes ¡, entonces comprendí el refrán aquel de decía " Cada tonto con su tema".
También había maestros, de los de antes. Uno de ellos se llamaba Ramón y como era alto y delgado, le apodaban "Cazabrevas". Miope a más no poder, vivía con su hermana también soltera y también miope. Las clases con D. Ramón, eran muy divertidas, empezaban con 40 alumnos y terminaban solo con la primera fila, pues los niños, corrían las sillas, hacían una gatera y se iban de clase. Pobre D. Ramón y pobre hermana, los mató un camión un día que paseaban cogidos del brazo por una carretera.
Ricos, ricos, tan solo dos. Uno se llamaba Porras y le apodaban el "Estirao", un déspota, insultaba a la gente y la amenazaba, era un broncas. El otro rico era el llamado "Solterón", era mejor persona. Este le recriminaba a su amigo, que a los pobres para no darles nada, no había que hablarles mal.
¡Que buena persona era el solterón!
Curioso el caso de un labrador, apodado "El Echacuentas", siempre estaba haciendo números, aunque era analfabeto. Fue famoso, porque tenía dos mulas, "La torda" y la "Andaluza", y un buen día ,"La torda", dio una coz a la mujer y la quedó en el sitio. El día del funeral, al que asistió todo el pueblo, a la salida del cementerio, la gente le daba el pésame, la mayoría le decía la consabida frase, ! te acompaño en el sentimiento", otros se acercaban al oído y le decían " Te compro la mula ".
Cuando se casó "Memias", la gente del pueblo se acercó a la iglesia a ver a los novios. Cuentan los familiares que apenas terminada la boda se fueron para su casa y estuvieron una semana sin salir. Los vecinos estaban preocupados, las ventanas bajadas, la puerta cerrada. Nadie se atrevió a llamar por si pasaba algo. Justo a la semana, "Memias" y su mujer salen de casa todo contentos y se suben al coche de línea que les llevaba a la ciudad. Cuando un vecino se acercó y le preguntó a donde iban, "Memias" le contestó ,"Vamos a médico para ver si la mujer está embarazada".

PD: En mi pueblo hay personajes para escribir un libro, de esos llamados "gordos".

Luis Iglesias


El pañuelo

Todos sabíamos que “la Lurucha” era la bruja más peligrosa que había en el mundo. Con sólo mirarte podía conseguir que enfermaras de enfermedad mortal y te consumieras poquito a poco como los verracos de “Manolo Panza” cuando el otoño pasado escaparon de su granja por la noche y tuvieron el mal sino de embocarse por el camino prohibido.
Fueron “los Reculos” quienes encontraron su rastro mientras perseguían a sus gallinas sin cola. Aves que misteriosamente, el mismo día, pero un poco más tarde –con la esclarecía-, también habían decidido huir.
Nadie sabe cómo consiguieron que los marranos volvieran sobre sus pasos sin que ellos tuvieran que poner un pie en la vereda que no se pisa. Pero lo hicieron. Las pruebas eran concluyentes por mucho que “el remache” lo cuestionara.
Ninguna de sus gallinas enfermó.
Sin embargo, con los cochinos no hubo solución. De vuelta a casa, dejaron de comer y comenzaron a gruñir sin descanso.
Oírles dolía.
Hubo que sacrificarles.
Rafaela “la Negra” fue a verles y dijo a “Manolo Panza”: “Están malditos. Si no mueren como deben morir, toda la casa se contagiará de su mal. No se salvará nadie”.
Así, en la primera hora de la noche, del primer viernes del mes de julio, -cuando los que habían sido animales lozanos se habían trasformado en una masa informe de carne doliente-, “el tio Pirracas” entró en la cuadra donde a oscuras se consumían; y uno a uno les sajó el cuello. Cuando se hizo el silencio, él mismo ayudado por “el colorao”; les puso boca abajo para que se desangraran y cuando ya estuvieron secos, ambos -bajo la supervisión de “la negra”- prepararon en el patio que se abría frente a la casa; una hoguera gigantesca con varas de romero, tallos de lavanda y hojas de helecho. Allí fue donde les lanzaron. ¡Los siete ardieron!
El olor era insoportable. Sin embargo todo el pueblo miraba.
Las mujeres de la casa, sabían lo que tenían que hacer y una a otra se fueron cortando el espeso mechón de su melena que crecía sobre su coronilla y lo quemaron en la misma pira. Las niñas perdieron sus enormes coletas y ganaron una tonsura que ninguna deseaba, pero no se podía arriesgar con ellas –eran demasiado tiernas-. Los hombres por su parte; si tenían cabello se rapaban, recogían sus pelambreras y las lanzaban igualmente al fuego; si calveaban, lo que quemaban era el pañuelo con el que cubrían sus claros durante la labranza.
Mientras;“el tío Pirracas”, “el Colorao” y “la negra” lanzaban a las llamas diminutas hierbas que extraían de unas bolsas que llevaban colgadas a la cintura –los tres torsos desnudos- y cantaban con palabras extrañas canciones aún más extrañas.
Antes de que la hoguera se extinguiera por completo, se escuchó un grito de angustia agudo y penetrante que nos dejó a todos –si cabe- con menos respiración. “Es la Lurucha que arde en su propio fuego” sentenciaron los ancianos. Cuando las brasas sólo eran ceniza, todos pasamos a ver el milagro. En el suelo, perfectamente definida había una cara. Era la de la bruja.
He de reconocer que a mí me costó verla, pero es que ¡era tan pequeño…! Y tenía ¡tanto miedo!
Recuerdo que “el Pistón”, un vecino de aspecto hercúleo por naturaleza y hablar bronco por idéntica razón, cuando se acercó al rescoldó escupió sobre él. Muchos siguieron su ejemplo.

El 16 de Julio, el día de la Virgen del Carmen, son las fiestas de mi pueblo. La ley marca que según el número caiga en jueves o lunes los festejos durarán más o menos. Así lo había decidido hacía años el alcalde “Don Vitín”; “Pitolindo” para unos; “Pitofeo” para otros.
Ese año la festividad cayó en jueves. Por lo tanto, el jolgorio duraría cuatro días y cuatro noches.
Lo sucedido la semana anterior estaba aún demasiado presente para que se saborearan sus preparativos como en otras ocasiones. Ver a “los Panza” sin pelo era recordatorio suficiente. Había miedo. Hasta “los tamañines” que en esa fecha se crecían por ser los encargados de portar el paso de la Santísima Virgen y presidir la procesión, estaban en su ser, encogidos, retacos, “retacados”.
Ese pantano era el que nos alimentaba cuando un nuevo imprevisto sacudió el verano y cambió mi vida. “El ricachón”, “El Dios de Turra” murió repentinamente.
Su muerte acaeció el lunes previo a las celebraciones. Las causas de su fallecimiento no eran claras. Lo encontró “la Ricachona” tieso, en la silla que tenía él para él, en el porche donde solía rematar la comida con un buen vino y un buen habano. (No tomaba café porque le quitaba el sueño).
En Turra, -como en muchos otros lugares-; las defunciones eran un acontecimiento. Unían a todos alrededor de una pena y muchos recuerdos. Hasta que la tierra cubriera definitivamente al difunto, las rencillas y guerras familiares estaban de vacaciones.
Esa noche, el pueblo entero estaría en casa de “la Ricachona” acompañándola en su duelo y consolando a sus dos hijitas, que a pesar de ser hijas de quienes eran; todos llamábamos “chosquitas” dada la poca visión con que la vida había bendecido a las gemelas y las enormes y ostentosas gafas que su madre les había comprado para paliar esa falta. Lentes que siempre llevaban atadas por la parte de atrás de la cabeza con un enorme lazo de colores “para que no se perdieran”.
Fueron los dos nietos más pequeños de “los tamañines”: “el charcas” y “el zapatones” los que movieron todo.
El verano pasado, todos los niños del pueblo –como los niños de todos los pueblos- nos habíamos juntado para construir una casa enorme uniendo las copas de dos árboles con un puente de cuerda. Era un lugar secreto. Sólo nosotros sabíamos de él. Había que adentrarse mucho en el bosque para descubrirlo, y además estaba tan bien hecha que o te fijabas con detenimiento o no lo percibías. Hacerlo fue una aventura fantástica. Tan fantástica como la caseta.
Sin embargo, desgraciadamente, “los tilanes”, los niños del pueblo vecino la habían descubierto y se habían apoderado de ella. No había razones. Ellos argüían que como descubridores era suya. Nos agradecían el esfuerzo y como compensación nos dejaban encaramarnos a ella –bajo su supervisión- dos horas la tarde del lunes y el jueves. Como nos negamos, empezó la batalla. No había niño de Turra o Tilán que no estuviera cubierto de brechas, heridas y moratones. El antiguo molino era nuestro cuartel general, allí dábamos rienda suelta a nuestra rabia y perfilábamos nuestras estrategias.
Cuando “el charcas” y “el zapatones” supieron de la muerte del “ricachón” cogieron sus bicis y tocando la estrambótica bocina roja que le habían puesto, usando el código sonoro que únicamente entendíamos nosotros convocaron una reunión de urgencia en el molino. Habían tenido una idea.
En menos de nada, todos estábamos allí.
Ese lunes por la mañana “el Güita”, el más pequeño de los nuestros, llevaría a “los tilanes” un mensaje, un reto. Le dejarían subir, era nuestra hora y no podían hacerle nada, además hacerle algo al pequeño sería de muy cobardes. Nosotros esperaríamos entre los árboles la respuesta.
El reto consistía en aprovechar la noche de duelo donde nuestros mayores abandonarían sus casas y se amontonarían en la de “la Ricachona”, para acercarnos a la vereda que no se pisa –pisarla-, embocarnos a la casa maldita y entrar. El primero que lo hiciera y trajera una prueba de ello, ganaría el uso exclusivo de la caseta por todos los veranos del mundo. Era un reto de valor. De mucho valor.
Por “La lurucha” no había que temer. No había que temer que estuviera. Esa noche tenía trabajo. Ella también iría a la casa y entre las sombras esperaría que el alma del “Ricachón” abandonara definitivamente su cuerpo –después de despedirse de los suyos- para apropiársela con encantamientos y aumentar así su malévolo poder.
Cuando “Zapatones” terminó de exponer su plan, no sabíamos que decir. Que ella no estuviera en la casa no garantizaba que no corriéramos peligro. “Charcas” entusiasmado con el proyecto, pensaba que no aceptarían el reto y tendrían que huir como ratas y abandonar como tales la casa que nunca había sido suya. Ese argumento nos animó un poco. Casi sonreímos. Pero no fue así.
Cuando “el Güita” volvió de su peligrosa misión –sano y salvo- traía en sus manos un papel. Aceptaban el reto. A las doce nos veríamos en el cruce.
Esa tarde no pudo ser más larga.
Cuando llegó la hora, “el Chino”, “el Búho” , “el Indio”, “el Gitano”, “el Güita”, “el Zapatones”, “el Charcas”, “el rubio” y yo mismo “el faroles” estábamos en nuestro lugar. Frente a nosotros la pandilla “del trampas” con “el Varillas” y “el Cañonete” a sus lados.
Eran más y más grandes.
No había vuelta atrás.
Como éramos demasiados, allí mismo decidimos que la misión era misión de una sola persona y nos jugamos a la vara más corta quién representaría a cada equipo. De su parte, salió alguien que no esperábamos ninguno que estuviera allí; Miguel “el negro”, el hijo de Rafaela “la negra” –Tilano por parte de padre según decían “las lerchas”. Perdimos el aliento. Él tenía que saber algo que nosotros desconocíamos. Su madre era la única en toda la comarca capaz de conjurar los maleficios.
Nada estaba saliendo como esperábamos.
De nuestra parte, salí yo. No teníamos oportunidad alguna. Perderíamos. Lo perderíamos todo. Ellos la caseta, yo la vida, acabaría en una hoguera hecha por la madre de mi rival después de que mi cuello… Ese año no probaría los algodones dulces… Casi me meo.
En el mismo ritual se decidió que lo que se presentaría como prueba sería uno de los pañuelos que “la Lurucha” anudaba a su fea cabeza. Había que encontrarlos. Eso o su bastón. Como únicos elementos de defensa podíamos llevar una linterna y una navaja. Lo de la linterna lo entendía un poco, pero ¿la navaja?
Tras untarnos la cara con barro –como hacían los héroes de las películas- comenzamos a adentrarnos en la vereda que no se pisa. Yo sudaba. Sólo dejé de hacerlo un poco, cuando “zapatones” se acercó a mi oreja y adentrándose en el camino prohibido me susurró “tranquilo, todos estaremos contigo”.
Unas simples palabras y me crecí como “los tamañines” el día del Carmen en la Procesión.

“El negro” caminaba ligero y pronto le perdí de vista. Yo; aunque crecido, tenía un avanzar más prudente.
La casa estaba oscura. Era inmensa. Por dónde entrar…
La rodeé. Temía que algún animal infernal la vigilara, pero sólo encontré un cachorro de mastín con tanto sueño que no quería ni jugar. Cuando me vio, se limitó a alzar las orejas, mover la cola y volver a su descanso. No sé por qué, pero me pareció una buena señal.
Continué observando a oscuras. Encender la linterna era hacerme visible. Tropecé varias veces, una de ellas la rodilla se abrió, pero no lo noté. Tenía que encontrar algún sitio para acceder a la casa. Y en esas andaba, cuando de repente, una ventana inmensa, abierta de par en par, casi a ras de suelo, me tentó. Recordé que en el bolsillo del pantalón había metido un puñadito de sal –los libros decían que ahuyentaba a los malos, incluso a los demonios- y me lo eché por encima. Nada más hacerlo, salté. Estaba dentro.
Me rodeaba un salón enorme lleno de libros que cubrían de arriba abajo las paredes y un pie de esos donde se ponen los lienzos para pintar. Sobre él había una madera con un dibujo que parecía el rostro de un niño. Un niño más pequeño que “el Güita” jugando con un gato.
¿Sería una de sus víctimas? –pensé- y se me encogió el corazón.
Olía a aguarrás. Era un olor muy fuerte. Por eso estarían abiertas las ventanas.
Busqué la puerta y la abrí. ¿dónde guardaría sus pañuelos? ¿En el dormitorio? ¿en la cocina? ¿dónde?....
Una escalera de caracol llamó mi atención. Comencé a subirla. Los peldaños de madera chirriaban ligeramente. Rezando sin parar continué el ascenso. Cuando iba a dar el quinto pasó, vi en lo alto que una sombra se movía, iba a bajar la escalera y llevaba algo de la mano. Sin prudencia de ningún tipo, salí corriendo, me dirigí a la ventana y salté. Aún no sé cómo, tropecé, me golpeé la cabeza y perdí el conocimiento.
Cuando desperté estaba tumbado en un cómodo sofá verdoso y una anciana de aspecto afable me limpiaba el rostro mientras tarareaba una melodía dulce. Me dolía la pierna. La rodilla me ardía. Y el ojo izquierdo apenas podía abrirlo. Volví a dormirme.
En mi segundo despertar comprobé que no soñaba. La anciana seguía a mi lado tarareando como antes. La pierna apenas me dolía. Me incorporé y la miré de frente con mi ojo tapado, ella me sonrió como nunca nadie lo había hecho. En una pequeña mesita que había delante del sofá reposaban dos tazones de leche y galletas ¡qué galletas! Es hoy y aún no sé si eran más bonitas que ricas o más ricas que bonitas. Tenía hambre y comí. Ella me acompañó. Y entre sorbo y muerdo le narré el por qué de mi presencia en su casa. Noté que según lo hacía, sus ojos se entristecían un poquito. Pero otro poquito después ya era la que yo había visto al principio. Recuerdo que también le dije que seguro que me había equivocado de casa y que lo sentía muchísimo.
Ella sonrió. Me aseguró que no me había confundido de hogar y que la persona que buscaba era ella.
Yo no sabía qué hacer, ni que pensar… podía ser una trampa, tal vez de buenos modos me había envenenado. “Ah! Que lista es la maldad” pensaba; pero igual que lo pensaba, algo me decía que no tenía razón para pensar así.
Este dilema que tanto me torturaba llegó a su punto más elevado, cuando ella abandonó la salita en la que nos hallábamos sin decir palabra y me quedé sólo con él. No sé cuanto tardó en regresar, supongo que poco; pero yo viví una vida y media en ese lapso.
Cuando regresó traía un pañuelo de cabeza de su mano.
Toma –dijo-. Cuando te marches, llévate éste que es el que más conoce todo el mundo. Ganarás el reto y recuperaréis la caseta. Y al salir, haz el favor de cerrar la puerta.
Y se fue. Y apagó la luz.
Allí me quedé otra vez, sin saber qué hacer, comiendo galletas con un cachorro de mastín que me lavaba la cara con su lengua áspera y cariñosa. Un cachorro que debía de haber entrado cuando ella salió.
Fue la voz de “Zapatones” que entraba por la ventana llamando “al Indio” y “al Búho” para que le ayudaran a entrar la que me hizo reaccionar. Salté –esta vez con más cuidado- . No quería que entraran.
Nada más verme me abrazaron y tiraron de mí con fuerza. Hablaban muy rápido. Estaban aterrados. Por lo visto “el negro” había caído enfermo –como los verracos-. Había tenido que abandonar la misión porque al entrar en la habitación de la bruja, le atacó un monstruo que solo con el aliento fétido que desprendía le había lanzado contra el suelo y le había roto el tobillo. Y efectivamente, en el suelo, chillando de dolor; Miguel “el Negro” repetía su historia.
Al verme me preguntaron con miedo ¿Y tú?
Mi única respuesta fue mostrar el pañuelo.
Desde ese día la caseta fue nuestra. Pero yo había encontrado otra caseta aún más escondida donde vivía un cachorro de mastín al que le gustaban los algodones de azúcar más que a mí y una ancianita solitaria sobre la que pendía una leyenda falsa, que hacía las galletas más bonitas y más ricas que jamás he probado y que pintaba los cuadros más hermosos que jamás he visto.
Fue ella la que me pidió que no desvelara su secreto, después de tantos años de soledad se había acostumbrado a ese tipo de vida y le asustaba la gente capaz de hacer con una mentira daños tan grandes.
“Cuando los cerditos salieron de aquí, sólo estaban empachados. Una dieta hubiera sido remedio suficiente”.

Ana Isabel Fariña


En la frente

A orillas de la sierra de Francia, entre robles, castaños y encinas, se encuentra el pueblo en el que nació mi madre. De niño me encantaba ir los veranos a ver a los abuelos y jugar con los chicos de mi edad; éramos cinco, todos con mote: el Pinzas, el Carrete, el Porqui, El Turmas y yo que me llamaban el Tomillo, porque siempre llevaba un ramito en el bolsillo que olía de vez en cuando. Mi mejor amigo era el Pinzas, pasamos juntos muy buenos momentos recorriendo el monte. Los cinco teníamos una afición común: las chicas…
El Turmas, mi primo, era más bruto que un arado, no perdía ocasión para preparar alguna pifia. Cada vez que me miro en el espejo y veo la cicatriz de la ceja izquierda me acuerdo de él… sucedió a los pocos días de llegar al pueblo en el verano del 55; mi tío (el padre de Turmas) tenía dos burros que le ayudaban en las faenas agrícolas: el Federico y el Romualdo… no había cosa que más me divirtiera que montarme en el Romualdo… pues bien, mi primo me propuso una carrera, él en el Federico y yo en el Romualdo (de todos es sabido que los burros no cruzan ni arroyos ni regatos… entonces yo no lo sabía y El turmas sabía que no lo sabía), se cuidó de que a mitad del recorrido cruzáramos por uno. En la salida mi primo tomó la delantera, yo confiaba en el buen hacer de Romualdo y lo animaba con rabia, cuando ya estaba a la altura del Federico noto como ralentiza la marcha y gira hacia la derecha… ya fue tarde, el Romualdo llegó al arroyo y se paró… clavó las orejas en la orilla y salí disparado por encima aterrizando en mitad del arroyo de bruces… El Turmas se tronchaba de risa, el muy capullo. Salí, como pude, del arroyo todo empapado y con un fuerte dolor en la frente, que me sangraba… llegué corriendo a la casa de los abuelos, mi abuela me puso una toalla para parar la sangre y me llevó al médico… con siete puntos de sutura y la sonrisa del médico, cuando le conté lo sucedido, quedó marcada para siempre “la bromita”.

Vicente M. Martín


Bajábamos todos a jugar a la calle. No había tele, así que en casa sobrábamos.
Mi madre, ama de casa; aunque es un decir, porque ella no era ama ni de casa ni de su vida, siempre andaba limpiando, fregando, lavando la ropa a mano y cuando estábamos en casa, mis hermanos la preparaban rompiendo algo; lo poco que había.
Tenían afición a desmontar el despertador que luego y como era de esperar, no sabían poner las piezas y cuando se daba cuenta mi padre, llovían las tortas.
O como un día, mi hermano Fernando; el albóndigas porque siempre andaba hurgándose en la nariz, se subió a la barandilla del balcón- vivíamos en un tercero- y bajó la vecina a avisar a mi madre y lo sacó a palos.
Mis hermanos jugaban con el Ocicoperro, el Patamarrana, el Mañu Pilatos. Acababan peleándose entre el polvo del camino, unas veces a mamporro limpio, otras se canteaban.
Alguna vez subía mi hermano mayor al que le llamaban el espantapájaros con una brecha en la cabeza y mi padre le sacudía. Por bobo le decía ¿cómo te has dejado pegar por ese idiota, si no vale tres tortas.
En otoño robábamos patatas de la huerta del Sr. Marcelino - el Tirifilo- por su aspecto demacrado y flaco y las asábamos junto a la tapia que había detrás de casa, al remanso del viento que a veces soplaba y nos quedábamos como pajaritos, pero con el entusiasmo de comerlas soportábamos lo que fuera.
Después había bronca para ver la que nos tocaba. El gorila, que era mayor que nosotros y grandote, se cogía las mejores y pobre del que protestara porque alguna torta repartía, sobre todo al patata que era bastante canijo y con muy mala hostia, no se callaba para nada y así le iba, todo el mundo le sacudía.
En verano nos íbamos a las huertas a robar peras, manzanas, cerezas, ciruelas. Unos nos quedábamos abajo vigilando y los demás se subían a los arboles y nos la iban pasando. Si aparecía el dueño salíamos todos corriendo perdiendo algo del botín. Luego, cuando veíamos que se había vuelta a su casa, volvíamos para recuperar la fruta caída.
Y como con las patatas, el reparto siempre era un abuso, sobre todo para las chicas, nos decían que nos tocaba menos por no subir a los árboles, y no arriesgábamos.

Carmen Alonso


Mamagrifos

Israel era un chico afable, incluso alegre. Tenía unas cualidades físicas envidiables, corría como si peligrase su vida y saltaba como si la gravedad no fuera con él. No era “futbolero”, su pasión era el atletismo, y se le daba bien. Pero no sería recordado por eso. Sería recordado por no dejar caer una gota de agua. Y es que cuando Israel tenía sed, se aferraba al grifo como niño al pecho materno, y succionaba como si tuviese que bombear el líquido elemento. Por eso, pocos recuerdan a Israel, sino a “Mamagrifos”. Puedes oír hablar de él en muchas partes, menos en su pueblo natal. Hemos descrito a Israel como un dechado de virtudes, pero para ser justos, tenía un mal pronto, que tardaba en llegar pero era explosivo. Un día estaba bebiendo, a su peculiar modo, entre las burlas de sus compañeros. Tratando de controlarse, Mamagrifos siguió como si nada, pero lentamente la furia iba poseyéndole ¿No les gustaba su forma de beber? Pues se acabó el beber. Mamagrifos succionó incansable, parecía no tener fondo bebiendo agua. El pueblo de Israel es un pueblo fantasma ahora. Todos emigraron. No se puede vivir sin agua.

Miguel Ángel Pérez

1 comentario:

  1. A ver, pero ¿cuántos teníais mote?. Luis, lo malo de los tontos de pueblo (y de ciudad) es los que lo son y no lo saben :-)

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